Perplejo me han dejado las últimas noticias aparecidas en los medios de comunicación. No tengo ni idea de cómo afrontarlas ya que, por mucho que intento analizarlas no las consigo digerir sin que una cierta quemazón me invada por dentro.
      Ni siquiera tengo ganas de enlazarlas. Es fácil encontrarlas con tener un poquito de curiosidad y ganas de pasarlo mal al descubrir cómo en un mundo supuestamente civilizado aún ocurren hechos medievales. Cómo el comportamiento animal es, a mi entender, más racional que el de los supuestos humanos.
      El denominador común de todas ellas, ya que son varias, ha sido la muerte de pequeños en diversas circunstancias, a cual más desagradable. Niños degollados por parejas enajenadas, secuestros prolongados de desenlaces esperables…Pero de todas las desgracias vistas estos días en un acto de amarillismo informativo, la que ha conseguido quitarme el sueño es aquella en la que un pequeño de dos años muere de inanición mientras hermana queda ingresada en un lamentable estado de desnutrición. No consigo entenderla, me sobrepasa.
      Y es muy sencillo extrapolar la noticia y censurarme porque, en realidad, no
hay nada de nuevo en la misma, ya que basta con elevar un poco la mirada para comprender que está a la orden del día las hambrunas infantiles y el inagotable goteo de vidas inocentes. Cada minuto caen vidas de infantes que buscan con desesperación algo que llevarse a la boca, pero este caso roza el surrealismo. Ninguna de las madres “tercermundistas” provoca la situación de manera voluntaria como ocurre en este lamentable suceso...
      Yo soy padre y, cuando cada cierto tiempo la niña enferma y su astenia la obliga a rechazar los alimentos sufro al ver como no toma la leche o aparta la comida para evitar posteriores indisposiciones y desagradables vómitos provocados por cualquier virus que se le atraviese a mi pequeña. Porque cualquier ser humano que tenga un tesoro en su familia es capaz de dejar sobre la mesa el mayor de los bocadillos de queso que con tanto ahínco ha preparado simplemente porque nuestras criaturas nos miran de reojo con su compota en la mano y con un cierto aire de pillín en el que el desenlace es verte a ti lamiendo la cucharilla y ver su cara de orgullo con los restos de miga por sus mejillas. Esa cara llena de crema de avellanas…
      No, no termino por aceptar el hecho de que, conscientemente. uno deje pasar los días mientras observa el deterioro en la vida de un hijo y no reclamar ayuda desesperada a un servicio social, atraque un banco o monte un escándalo en unos grandes almacenes. No sé, lo que sea. Es estremecedora la noticia.
      Ha sido un día tremendo en cuanto ha muertes infantiles. Hubo un caso de degollamiento y no sé que más. Pero siendo un acto tan mezquino y condenable, que ojala le corten la cabeza al causante de tamaña aberración, no llega más allá que a apenarme por el infortunio de la noticia, la enajenación del causante. Pero es que dejar morir a un niño de hambre NO LO CONSIGO ENTENDER.
     
Esta mañana la pequeña no quiso tomar la leche. Se tragó unas galletitas que me acompañaban al café matutino y sonreí al ver lo preciosa que estaba con esos pelos revueltos por la almohada. Cuanto se quiere a una pequeña.
