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Terra
La Coctelera

Perplejidad

      Perplejo me han dejado las últimas noticias aparecidas en los medios de comunicación. No tengo ni idea de cómo afrontarlas ya que, por mucho que intento analizarlas no las consigo digerir sin que una cierta quemazón me invada por dentro.
      Ni siquiera tengo ganas de enlazarlas. Es fácil encontrarlas con tener un poquito de curiosidad y ganas de pasarlo mal al descubrir cómo en un mundo supuestamente civilizado aún ocurren hechos medievales. Cómo el comportamiento animal es, a mi entender, más racional que el de los supuestos humanos.
      El denominador común de todas ellas, ya que son varias, ha sido la muerte de pequeños en diversas circunstancias, a cual más desagradable. Niños degollados por parejas enajenadas, secuestros prolongados de desenlaces esperables…Pero de todas las desgracias vistas estos días en un acto de amarillismo informativo, la que ha conseguido quitarme el sueño es aquella en la que un pequeño de dos años muere de inanición mientras hermana queda ingresada en un lamentable estado de desnutrición. No consigo entenderla, me sobrepasa.
      Y es muy sencillo extrapolar la noticia y censurarme porque, en realidad, no

hay nada de nuevo en la misma, ya que basta con elevar un poco la mirada para comprender que está a la orden del día las hambrunas infantiles y el inagotable goteo de vidas inocentes. Cada minuto caen vidas de infantes que buscan con desesperación algo que llevarse a la boca, pero este caso roza el surrealismo. Ninguna de las madres “tercermundistas” provoca la situación de manera voluntaria como ocurre en este lamentable suceso...

      Yo soy padre y, cuando cada cierto tiempo la niña enferma y su astenia la obliga a rechazar los alimentos sufro al ver como no toma la leche o aparta la comida para evitar posteriores indisposiciones y desagradables vómitos provocados por cualquier virus que se le atraviese a mi pequeña. Porque cualquier ser humano que tenga un tesoro en su familia es capaz de dejar sobre la mesa el mayor de los bocadillos de queso que con tanto ahínco ha preparado simplemente porque nuestras criaturas nos miran de reojo con su compota en la mano y con un cierto aire de pillín en el que el desenlace es verte a ti lamiendo la cucharilla y ver su cara de orgullo con los restos de miga por sus mejillas. Esa cara llena de crema de avellanas…
      No, no termino por aceptar el hecho de que, conscientemente. uno deje pasar los días mientras observa el deterioro en la vida de un hijo y no reclamar ayuda desesperada a un servicio social, atraque un banco o monte un escándalo en unos grandes almacenes. No sé, lo que sea. Es estremecedora la noticia.
      Ha sido un día tremendo en cuanto ha muertes infantiles. Hubo un caso de degollamiento y no sé que más. Pero siendo un acto tan mezquino y condenable, que ojala le corten la cabeza al causante de tamaña aberración, no llega más allá que a apenarme por el infortunio de la noticia, la enajenación del causante. Pero es que dejar morir a un niño de hambre NO LO CONSIGO ENTENDER.
     

Esta mañana la pequeña no quiso tomar la leche. Se tragó unas galletitas que me acompañaban al café matutino y sonreí al ver lo preciosa que estaba con esos pelos revueltos por la almohada. Cuanto se quiere a una pequeña.

Ascensores

      Me resulta divertido entrar dentro de los ascensores.
      La sensación de estar por completo encerrado en un recipiente tan pequeño es, cuanto menos graciosa. Y es que no hay más que mirar a tu alrededor para comprobar que te encuentras inmerso en un ecosistema, un microcosmos limitado por esas paredes que se mueven a menor velocidad de la que todos quisiéramos en esos momentos.
      Por supuesto que no siempre ha sido así. Digamos que hace apenas dos años atrás la cosa era bien distinta, pero con una pequeñaza en el mundo el asunto de los ascensores se empieza a tomar ahora de otra manera. Les pondré un ejemplo:

      Encerrado en medio de esa jaula se encuentran seis o siete personas mirando hacia los lugares más insospechados del recinto, techo, paredes o relojes y demás trivialidades. El ruido del movimiento ascendente corta la escasa respiración que nos llega a nuestros pulmones y, en medio de ese caos, la niña se pone a saltar y a decir “guapa” u “hola” de la manera más natural posible, sin que medie ninguna traba social en su interior y a lo que la gente responde con una sonrisita forzada y nerviosa. Es genial la espontaneidad del los pequeños. O ver como, si son más de uno, se saludan, besan y, llegados al caso, comienzan a jugar como si se conocieran de toda la vida. A mi me resulta envidiable esa facilidad de comunicación que todos hemos perdido.

      Es a partir de ese momento cuando uno empieza a divertirse encerrado en esas cajas. Es más, ya no se me antoja necesaria la presencia de la pequeña y empiezo a actuar en esas situaciones como si con ella me encontrara. Me adentro en los ascensores y comienzo a mirar una a otra las expresiones de los que allí se encuentran para confirmar lo límite y desconcertante de la forzada situación. Nos sentimos aprisionados en el lugar, deseando que se señale nuestro número en el indicador de la planta para salir corriendo de esa situación, de la misma manera de que si estuviésemos en una película de los hermanos Pang. Rara es la vez que dejo de esbozar una sonrisilla que, en ocasiones termina por delatarme y es que la situación es absurda.
      No dejo de reconocer que yo, por regla general, soy un ser antisocial y limitado en cuanto hablamos de habilidades comunicativas. En eso envidio a Janet. Las pasadas vacaciones no había día en la que entablara una conversación fluida con la primera persona que entrase a la piscina con ella o se sentara en la hamaca de al lado mientras yo me limitaba a revolverme en la piscina con Patricia y a contestar con simples y secos afirmativos a los demás bañistas que se interesaban por la simpatía de la pequeña. Yo no soy buen orador, al menos al principio.
      Pero sigo con los ascensores y nuestro comportamiento. Es muy divertido y a la vez estúpido. Y no me refiero a mi nueva capacidad de divertirme en su interior Que es lo nos pasa en los espacios cerrados que degeneramos en una especie de marionetas o autómatas. Algunos, con suerte, cuando entran despistados reciben los buenos días, pero la norma general es la de pasar lo más desapercibido posible en un lugar propicio para el contacto interpersonal. Aparte del tiempo, se podría aprovechar esos treinta segundos para saludar a compañeros de compras o de otras plantas del hospital y, quien sabe, descubrir que estamos frente a nuestro deseado amigo del alma o el siguiente enemigo en la cadena. Nunca lo sabremos porque preferimos comprobar como apenas ha variado la hora del reloj o cómo el flequillo se mantiene igual de mal que cuando salimos de casa. En cierta ocasión leí por ahí que la suerte en la vida había que buscarla y que la mejor forma de encontrarla era hablando con desconocidos de cualquier tema por si encontráramos en ella lo que necesitábamos para impulsar adelante nuestra mala fortuna.
      En cierta ocasión recuerdo como, tras pararse el ascensor en medio de dos plantas en un centro comercial, me atreví a comentar que era el mejor lugar donde podíamos estar porque, al menos, había dos carros de comida al completo. Lo que a mí me pareció un comentario divertido, al resto de los que allí estaban les pareció así como si quisieran usar mi cabeza como ariete para salir de la situación. Como si fuera así de sencillo y no comprendieran que, de ninguna manera, nuestros actos podían beneficiarnos en salir de allí. Cinco minutos interminables en los que los tics nerviosos de los que allí se encontraban dejaron de ser tan divertidos como en los trayectos normales.
      Eso fue un caso excepcional y puedo llegar a entender la tensión del momento, los nervios y la claustrofobia que ocasionan la falta de aire y las ganas de salir de allí. En trayectos normales, como lo son el 98% (estadística inventada) de los trayectos,.los ascensores pueden llegar a ser lo divertidos que uno quiera. Y si no hagan la prueba para comprobarlo y si les gusta el resultado, extiéndanlo a todos aquellos lugares en donde uno se ve obligado a compartir trayecto. Aviones, colas de espera…Somos seres humanos con una habilidad innata para comunicarnos y a veces no distamos demasiado de un ejército de clones autómatas que nada tiene que envidiar a los peces de una pecera.

Necesito una crema de esas

      Podría ser que me esté haciendo viejo antes de lo que pensaba. No llega a ser una sensación tan desagradable como presumía cuando apenas tenía dieciocho años, pero no me puedo negar ante la evidencia. Los años van pasando y, aunque aun estoy a años luz de lo que, espero, me corresponde en este pedacito de vida que me han regalado, ya noto como ciertos síntomas me delatan como una persona adulta. Es como aquella ocasión en la que me puse frente al espejo y descubrí un pelo blanco en la barba o cuando subes aprisa la escalera ante el llanto de Patricia y notas como bajo toda la superficie corpórea existe un corazón reclamando un poquito de ayuda.
      Me gusta la sensación, no es desagradable. Miro a mi alrededor y me siento como un chaval, con inquietudes, ambiciones y con ganas de vivir. Cuando veo a mis compañeros de trabajo mayores, me confirmo en mi juventud, y hablando con padres, tíos y hermanos me convenzo de lo que es obvio. Además mis intereses no distan demasiado de los que tenía en la universidad o en mi tapa de la edad del pavo. O sí.
      La cuestión es que tenía las mismas sensaciones hace diez años, e incluso más. Recuerdo pensar en aquella época que cuando alcanzara los treinta ya habría madurado lo suficiente como para dejar de pensar en los videojuegos, internet o películas de monstruos y que estaría centrado en aquellas cosas que se suponen llevan implícita la treintena.
      Y justo ayer, durante la larguísima jornada laboral a la que me vi sometido, el planteamiento de la madurez empezó a rondar por mi cabeza hasta el punto de querer plasmarlo sobre estas líneas para, espero, reírme de ello dentro de, no sé, quince años más adelante.
      Y todo porque me doy cuenta de que cada día me pongo de mal humor con mayor facilidad. Y eso tiene que ser un signo de la edad, porque yo nunca había sido de esos. Yo era de los que encontraba un punto de humor ante cualquier tipo de adversidad y de los que apenas tenía preocupaciones. Pero ahora cada vez son más y no se si esto mejorará en un fututo cercano o la cosa va cuesta abajo. De ahí a los problemas físicos no va nada.
      Si empiezo a enumerar todas y cada una de las causas de mis continuos cabreos que me pillo últimamente en el trabajo recibiría comentarios del tipo: “no te preocupes, que es normal que te cabrees”, pero da igual, no es el tema de hoy. Simplemente creo que cada uno tiene una función en el sistema sanitario, por la que nos pagan (a unos más o mejor que a otros) y por la que somos responsables. Y me cabrea la apatía, dejadez o caradura de los que se aprovechan de los impulsos laboriosos de los demás. Nada más. Solo pido que cada uno respete a sus compañeros en su trabajo y eso incluye el que cada cual asíe con fuerza su remo para navegar en una dirección conjunta.
      Creo que lo quieren llamar el Burn Out o algo así. Yo lo denominaré “mala racha” o “aguas turbulentas” que se calmarán cuando menos me lo espere.
      Y claro, como uno siempre ha sido de risa fácil, carente de preocupaciones y del flower power, ahora nos convertimos, de forma automática, en “el malo de la película, en el “ya no es como antes” o en “a este tío le pasa algo”.Posiblemente la incorporación del resto de la tribu hará que el lastre sea más llevadero o, al menos, mas divertido (logoss, te queda poquito).
      En fin, todo ese rollo de cascarrabias me está haciendo envejecer rápido. O será que Patricia me obliga a ello con su asombroso desarrollo.
      Fin de semana `para pensar en ello.

Necesidad fraternal

      Una vez solucionado el problemilla que impedía mantener una conexión informática decente y, tras mostrar mi perfil de asesino psicópata a punto de satisfacer mis deseos más depravados con mi queridísima y amada esposa (es muy bestia esto que acabo de decir, pero una banda ancha es una banda ancha), prosigo mis comentarios triviales con una reflexión la mar de divertida que he encontrado en uno de esos libros para padres primerizos y que me hace mucha gracia por lo , a mi juicio, acertada visión sobre el tema.
      Verán.. No es que sea muy partidario del tema, pero es posible que en un futuro no muy lejano Patricia conozca a un hermano que la acompañe en su maravillosa vida. No suelten las campanas al vuelo que aún no me he puesto a ello. Tampoco estoy todo el día con el ordenador.
      El caso es que mi satisfacción personal ya ha sido alcanzada con el mayor regalo que he recibido nunca. La presencia de Patricia ha sido un rayo de esperanza imprescindible para que vea todo el mundo que me rodea de una forma más que positiva. Es la razón principal por la que me trae sin cuidado problemas catastróficos anteriores como que perdiera tu equipo de fútbol o te quedaras sin ver el preestreno de la última película de tu director preferido. Todo eso me resulta jocoso y hasta lamentable en estos momentos. Quien me conoce recuerda como era capaz de ver tres películas seguidas después de trabajar la noche anterior sólo para mantener un estado de vigilia adecuado. En la actualidad, el cine es aquel lugar que queda de camino entre la heladería y las tiendas e juguetes. Pero lo curioso de todo es que me importa bien poco (siempre que la conexión siga funcionando, claro).
      Sin desviarme del tema, el hecho de traer un hijo a casa me ha completado. He descubierto que mi corazón tenía hueco para algo más que para mi Janecita y que es fácil usarlo de manera desinteresada. No encontraba nada más importante en la vida pero entonces aparece el dilema:
      ¿Vale o no la pena traer un hermano al mundo para Patricia?
      Y ahí es donde surgen todo tipo de dudas que, por fortuna, empiezan a aclarase lentamente.
      Y es que, ¿Qué necesidad tengo de complicarme aún más la vida si ya tengo cubiertas mis necesidades?, ¿cómo mantener el nivel de vida actual y, lo que es peor, cómo equiparar todos los gastos entre ambos enanos para que tengan las mismas oportunidades sin que se resienta aun más mi denostada economía?. Pues no veo mayor explicación que la de ser el causante de que Patricia no disfrute como yo durante tantos años del placer de tener una hermana con la que compartir todas y cada una de las cosas con las que he disfrutado o padecido en mi vida. Quien si no ella ha sabido comprenderme en determinados momentos cuando las circunstancias no eran las más apropiadas. Quien si no fue la cara que más recuerdo cuando salí de la puerta del paritorio después de ver a mi pequeña y con la que me fundí literalmente en el más bello de los abrazos. Si, sin dudarlo, un hermano ha sido, es y será uno de los pilares fundamentales en mi vida.
      No quiero obligar a nadie a que piense de manera semejante, ya que cada cual es un mundo y vemos historias por ahí que tienen poco que ver con mi experiencia. Es precisamente por eso, que es la mía, por lo que estoy convencido de la necesidad particular de un amor fraterno en la vida de una persona.
      Así que tomada la decisión entre nosotros, ahora sólo falta decidir cuando es el momento más propicio. Eso se me antoja más complicado ya que aun no me he hecho a la idea, pero el tiempo pasa y no me veo con fuerzas como para empezar a planteármelo cuando ya Patricia se valga por sí misma y deba reiniciar mi sistema con un nuevo programa.
      Pues así está la situación en estos momentos, y estos desvaríos vienen motivados por la comparación que hace el libro que tengo entre manos sobre la educación infantil para padres novatos como yo.
      Básicamente narra lo siguiente: Cómo plantearle a tu primogénito la necesidad o no de tener un hermanito, y lo comparan con hacer la misma pregunta a tu esposa. Pruébenlo y verán lo divertido que puede llegar a ser:
      “Cariño, quieres tener una segunda mujer en casa. Será muy agradable para todos y te ayudará a compartir las tareas”
      “Será nuestra esposa, nos querremos todos y cuidaremos juntos cada uno del otro”
      “Ahora necesitare de mi mujercita para que me ayude a cuidar de mi joven y nueva esposa”

      Son buenísimos los ejemplos, no los encuentro más acertados para la situación.

      A por cierto, si alguien está interesado, el libro es de Penélope Leach, “Bebé y niño, la guía esencial para los padres” y está editado por Grijalbo.

Ensayo y error

      Hace ya algunos años de eso pero, si no recuerdo mal, una de los principales y mejores consejos que me dieron cuando inicié mi aventura en el mundo sanitario fue el de encontrar la solución más simple ante la presencia de problemas complicados. Es decir, que antes de golpear con el puño cerrado el pecho de la persona afectada con una parada cardiaca por fibrilación ventricular, confirmar que los cables traductores de la señal eléctrica cardiaca estén conectados previamente (no es tan chanante como parece).
      Una vez asimilado ese concepto, por desgracia usando el método tradicional del ensayo-error, le produce a uno una tímida sonrisa el recordar momentos estelares en mi carrera en la unidad de cuidados intensivos como el despertar del médico de guardia a las cuatro de la mañana por taquicardias exageradas, el aviso por hipotensiones desconcertantes y tantas novatadas que, afortunadamente con el tiempo, uno empieza a controlar. Cínicamente pienso que, a algunos, les estuvo bien merecido en su momento esa perturbación de su descanso. Incluso debería hacerlo más a menudo escudándome en mi ignorancia. Pero, no me veo capaz de ser malvado y rencoroso hasta llegar a esos grados de patetismo. Al menos por ahora.
      Hoy no tenía intención de hablar de trabajo. Por lo general no me gusta salvo que sea divertido o tenga cierta relación con algún tema en concreto. Pero considero como válido el ejemplo anterior para aplicar las tesis comentadas en todos los ámbitos de la vida diaria.
      Así bien, si algún día te peleas porque no funciona correctamente el televisor, prueba a enchufarlo a ver. O si llegas tarde una y otra vez a las citas concertadas con tus amigos, cambia la pila del reloj o actualiza la hora en el móvil. No quiero extenderme, que todos sabemos de lo que estoy hablando.
      Todo esto viene al caso porque, desde hace varios meses, llevo peleandome en una lucha eterna con el ordenador por conseguir unas velocidades de conexión adecuadas a la contratación efectuada. Eso principalmente. Pero, aparte de eso para mi salud mental, l comprobar cómo, sin motivo aparente, la señal del router se iba y venía como si se tratase de las ondas de un teléfono móvil en compañías de cobertura limitada.
      Inicialmente traté de pelearme autodidácticamente navegando por lugares ocultos. Cambiando configuraciones y peleándome con reseteos y puertos escondidos. Fracasando en mí labor de investigación, probé a exigir reclamaciones al servicio de informática que me vendió la niña mimada de la casa y, finalmente y en un acto de desespero, comencé a suplicar lentamente a nuestro amigo adastra por una solución rápida, con propuestas rastreras en busca de un aumento de mi velocidad navegable. En los tiempos que corren, pensé que uno no podía ser más desgraciado que cuando tardaba un mundo en poder ver páginas simultáneas o descargar a velocidades de modem.
      Y cuando la desesperación fue máxima, una llamada a Pablo, que no llevará llaves pero me abrió algunas puertas, hizo que comenzaran a funcionar en mi despistada cabeza unas desconocidas neuronas que creía infectadas con algún tipo de virus troyano o similar.
      De ahí a estos momentos sólo van unos cuantos golpes con el puño cerrado a mi frente enrojecida, unas lamentos en hebreos y un reinicio de mi sistema para volver a la autopista virtual.
      La solución al problema me la guardo. Tengo un límite de auto vergüenza que prefiero esconder tras estas líneas de hoy que debía prosar sobre otros temas menos técnicos.

Nueva herida

      Abro de nuevo la puerta.
      Ánimos renovados después de unas merecidas, más que nunca, vacaciones, en las que el color del desánimo, el miedo ante la pérdida y la visita de alguna de las Parcas hicieron de mí una especie de ser errante con pocos ánimos de centrarme en tareas distintas a la de estar en casa con la familia, disfrutar de su compañía y dejarme llevar por lo que pudo haber sido y no fue.
      Vuelvo con muchas ganas de soltar pildoritas efervescentes en este crisol de ideas. Últimamente tenía la sensación de que dentro de esta deshabitada cabeza hervía una serie de historias, detalles y versiones de lo cotidiano que merecían tener la oportunidad de quedar plasmadas en algún sitio. En principio para recordar lo mucho que uno cambia con el tiempo. Pero, como siempre, para ponderar la opinión de lo que están al otro lado, donde encuentras amigos, creo que ya se pueden denominar así, que jamás pensé que conocería.
      Y he decidido ser más constante. Me lo he propuesto y espero cumplirlo. Salvando las complicaciones obvias que frenan el impulso inicial de volver a las andadas. Por ejemplo, estos desvaríos de ahora son producto de una noche larga de trabajo que ya toca a su fin, y jornadas como la de esta tarde, con un terremoto recorriendo la casa, no se presenta propicia para mucho más que ojear por encima por donde van los tiros.
      Tendremos que darle las gracias, en cierto modo, a la envidia que me produjo ver cumplida la promesa de Logoss de volver, y de que forma, a la comunidad. Así como a conversaciones aisladas con algunas estrellas errantes (y nómadas ya), comentarios jocosos que he recibido y que serán analizados y, sobre todo, a que me lo pedía el cuerpo desde hace ya algún tiempo.
      Bueno, ya vasta, que tengo bastante sueño.
      Mañana, algo habrá.

Cosas que nunca te dije

      Me resulta curiosa la facilidad con la que se pueden expresar sensaciones, pensamientos o sentimientos frente a un papel y lo difícil que resulta todo hacerlo en voz alta. Debería ser al contrario. Acercarte a la persona que amas y decirle que la quieres sin tener esa sensación de telenovela rondando por tu cabeza. No esperar a que se quede dormida a tu lado para comértela a besos con la mirada y disfrutar de sus gestos mientras a ella le pasa desapercibido.
      Debería ser más sencillo. Dos personas adultas, con las ideas bien claras tienen que tener la capacidad de mirarse a los ojos y decir, a viva voz,: “desde que te conozco soy la persona más feliz del mundo” o cualquier otra realidad de la que todos somos partícipes.
      Eso sólo sale a relucir en los momentos difíciles, en los que te das cuenta de que todas las palabras, acumuladas durante tanto tiempo, gritan por salir a flote y están deseando volar hasta que lleguen a la otra persona para que confirme lo que sientes por ella.
      Y, sin embargo, nos empecinamos en camuflarlas.
      Somos unos seres tan estúpidos que, para expresar todo lo contrario, para reventar a base de improperios y palabras desafortunadas, no nos cuesta un ápice gritarlas a los cuatro vientos, a pesar de que, a los pocos minutos, nos demos cuenta de la tontería y falsedad de lo que hemos expresado.
      Sin embargo, no aprendemos. Y tropezamos en la misma piedra una y otra vez..
      Ahora mismo, en la soledad de la tarde. No me importa escribir que amo a mi mujer. Y me cuesta bien poco hacerlo. Ha estado a mi lado en todos y cada uno de los momentos importantes de mi vida, y me ha apoyado en otros que desearía no haber pasado. Sin embargo, cuando aparezca por la puerta en poco más de una hora, le daré un beso y empezaremos a hablar de alguna nueva película, de las noticias de pueblos lejanos o de la nueva canción de cualquier grupo de moda. Los sentimientos se camuflaran dentro de gestos, miradas cómplices o en momentos de pasión.
      A mi lado tengo a la pequeña, y aunque insisto en que ella me exprese las palabras que aun no llega a comprender, no soy capaz de repetírselas sin que me suene extr5aña mi voz. Y aquí estoy viendo como juega con sus cosas, deseando que no viva nunca una desgracia personal, salvo aquellas que la sirvan para madurar en su desarrollo.
      Todo esto se amplía a los amigos. Podríamos escribir miles de artículos sobre el cariño que le tengo a muchos de ellos. Algunos te ayudan de forma desinteresada, sin que apenas se den cuenta, y uno no es capaz de acercarse a ellos y darle un abrazo a tiempo de decirle todo eso que sientes y que, malamente, puedes expresar en palabras.
      Y aquí adentro, en este lugar abandonado durante tanto tiempo, pasa lo mismo, salvo que la comunicación oral se vuelve más complicada y los comentarios se vuelven el último resquicio de cariño atemporal..

      Debiéramos hacer un día de estos un experimento. Empezar a expresar nuestros sentimientos positivos a aquellos que nos rodean, y enviar por escrito todas y cada una de las barbaridades que, con frecuencia soltamos sin pensar. Posiblemente, cuando las releamos, nos avergonzaríamos de haber escrito esas letras endemoniadas y, en muchos casos, terminarían en el olvido sin que nunca lleguen a su destinatario.

      Hoy me encuentro más animado. Estoy seguro de que influyó bastante una merienda rodeada de grandes amigos con los que tuve la fortuna de compartir ayer unas risas y unos bocadillos.
      A todos ellos gracias.
      Ya queda poco para que se abra la puerta.

Pensar

      He leído por alguna parte que pensar es bueno. Incluso conlleva cierta utilidad para el que lo lleva a cabo con meticulosidad y pragmatismo. Debe ser cierto. Aunque imagino que para hacer una afirmación de ese calibre, previamente se debe haber pensado en ello. Es como cuando uno va a un concesionario de vehículos y te recomiendan su propia marca, despreciando al resto..
      Una vez leí un libro interesante sobre el uso de la filosofía en la vida diaria. Indicaba unos pasos en concreto, unas directrices para afrontar los problemas de la vida cotidiana usando como instrumento los pensamientos de los filósofos importantes de la historia. Que tu mujer había decido acostarse con tu mejor amigo, pues Kant tendría respuesta para afrontarlo con valentía. Que se te prende fuego tu colección de películas en DVD, pues ojeando las enseñanzas de Aristóteles solucionabas el problema.
      La idea no era mala, pero terminó por resultarme pesado porque despreciaba cualquier otro tipo de terapias que no fueran la propia. Era tabú acudir a un psicólogo y, aun peor, medicarse con los criminales facultativos. Terminé por dejar el libro a medias y no comprar una segunda parte de las mismas características.
      En fin, que pensar es bueno, por lo que parece.
      Estos días no lo tengo tan claro. Existe dentro de esta cabecita un cable que debe estar suelto, hacer masa o soltar unas chispitas que me impiden racionalizar con claridad. Posiblemente el accidente del pasado domingo soltara una conexión ahí adentro que me tiene, a todas luces perdido. Físicamente, todo parece estar bien, pero estos días, no dejo de dar vueltas a la cabeza y el pensar en todo me está ocasionando ya algún problemilla en el estado de ánimo.
      Anoche vimos una película de esas americanas. Hombres lobos, vampiros. Tenía todos los ingredientes para pasar una velada divertida (todo lo que permite una película americana, que cada vez me resultan más predecibles). Todo iba bien, por decirlo de algún modo, hasta que deciden dar un volantazo con el coche y dar vueltas con el mismo. Los cristales caen, el chasis se deforma y mi aparente fortaleza se destruye también.
      Es que, por momentos, no hago más que darle vueltas a la cabeza a todo el asunto y no consigo desconectar como aparentemente lo hago.
      He recibido unas visitas que me han distraído y agrado enormemente. Estuvo logoss en casa y otros compañeros de trabajo. He visitado a Adastra, he ido a algún cumpleaños y hasta he chateado con el bueno de Jacosito . Todos me regalan palabras de ánimo. Las acepto de buen grado, sonrío y carcajeo con frecuencia. Es una buena terapia. Luego entro en el blog y me siento frente al teclado. Me ruborizo al ver los comentarios y me vuelve a entrar el gusanillo de compartir experiencias con amigos de Granada, Madrid, Argentina, Estados Unidos, Colombia y tantos lugares apartados que nunca imaginé encontrar. Siempre viene bien leer otros puntos de vista sobre el tema y comprobar cómo la vida sigue sin que nada haya cambiado.
      O sí.
      Bueno no lo sé, ni me apetece saberlo. Ahora sólo hay ánimos para sentarme frente al ordenador, ver alguna película sorprendente y dejar pasar las horas hasta que llegue mi Janesita para compartir un almuerzo añorado, a la espera de que la pequeña vuelva de la guardería. Después de eso, bueno, ya lo pensaré en otro momento.