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Terra
La Coctelera

Categoría: Darwin evolucion

Perplejidad

      Perplejo me han dejado las últimas noticias aparecidas en los medios de comunicación. No tengo ni idea de cómo afrontarlas ya que, por mucho que intento analizarlas no las consigo digerir sin que una cierta quemazón me invada por dentro.
      Ni siquiera tengo ganas de enlazarlas. Es fácil encontrarlas con tener un poquito de curiosidad y ganas de pasarlo mal al descubrir cómo en un mundo supuestamente civilizado aún ocurren hechos medievales. Cómo el comportamiento animal es, a mi entender, más racional que el de los supuestos humanos.
      El denominador común de todas ellas, ya que son varias, ha sido la muerte de pequeños en diversas circunstancias, a cual más desagradable. Niños degollados por parejas enajenadas, secuestros prolongados de desenlaces esperables…Pero de todas las desgracias vistas estos días en un acto de amarillismo informativo, la que ha conseguido quitarme el sueño es aquella en la que un pequeño de dos años muere de inanición mientras hermana queda ingresada en un lamentable estado de desnutrición. No consigo entenderla, me sobrepasa.
      Y es muy sencillo extrapolar la noticia y censurarme porque, en realidad, no

hay nada de nuevo en la misma, ya que basta con elevar un poco la mirada para comprender que está a la orden del día las hambrunas infantiles y el inagotable goteo de vidas inocentes. Cada minuto caen vidas de infantes que buscan con desesperación algo que llevarse a la boca, pero este caso roza el surrealismo. Ninguna de las madres “tercermundistas” provoca la situación de manera voluntaria como ocurre en este lamentable suceso...

      Yo soy padre y, cuando cada cierto tiempo la niña enferma y su astenia la obliga a rechazar los alimentos sufro al ver como no toma la leche o aparta la comida para evitar posteriores indisposiciones y desagradables vómitos provocados por cualquier virus que se le atraviese a mi pequeña. Porque cualquier ser humano que tenga un tesoro en su familia es capaz de dejar sobre la mesa el mayor de los bocadillos de queso que con tanto ahínco ha preparado simplemente porque nuestras criaturas nos miran de reojo con su compota en la mano y con un cierto aire de pillín en el que el desenlace es verte a ti lamiendo la cucharilla y ver su cara de orgullo con los restos de miga por sus mejillas. Esa cara llena de crema de avellanas…
      No, no termino por aceptar el hecho de que, conscientemente. uno deje pasar los días mientras observa el deterioro en la vida de un hijo y no reclamar ayuda desesperada a un servicio social, atraque un banco o monte un escándalo en unos grandes almacenes. No sé, lo que sea. Es estremecedora la noticia.
      Ha sido un día tremendo en cuanto ha muertes infantiles. Hubo un caso de degollamiento y no sé que más. Pero siendo un acto tan mezquino y condenable, que ojala le corten la cabeza al causante de tamaña aberración, no llega más allá que a apenarme por el infortunio de la noticia, la enajenación del causante. Pero es que dejar morir a un niño de hambre NO LO CONSIGO ENTENDER.
     

Esta mañana la pequeña no quiso tomar la leche. Se tragó unas galletitas que me acompañaban al café matutino y sonreí al ver lo preciosa que estaba con esos pelos revueltos por la almohada. Cuanto se quiere a una pequeña.

Necesidad fraternal

      Una vez solucionado el problemilla que impedía mantener una conexión informática decente y, tras mostrar mi perfil de asesino psicópata a punto de satisfacer mis deseos más depravados con mi queridísima y amada esposa (es muy bestia esto que acabo de decir, pero una banda ancha es una banda ancha), prosigo mis comentarios triviales con una reflexión la mar de divertida que he encontrado en uno de esos libros para padres primerizos y que me hace mucha gracia por lo , a mi juicio, acertada visión sobre el tema.
      Verán.. No es que sea muy partidario del tema, pero es posible que en un futuro no muy lejano Patricia conozca a un hermano que la acompañe en su maravillosa vida. No suelten las campanas al vuelo que aún no me he puesto a ello. Tampoco estoy todo el día con el ordenador.
      El caso es que mi satisfacción personal ya ha sido alcanzada con el mayor regalo que he recibido nunca. La presencia de Patricia ha sido un rayo de esperanza imprescindible para que vea todo el mundo que me rodea de una forma más que positiva. Es la razón principal por la que me trae sin cuidado problemas catastróficos anteriores como que perdiera tu equipo de fútbol o te quedaras sin ver el preestreno de la última película de tu director preferido. Todo eso me resulta jocoso y hasta lamentable en estos momentos. Quien me conoce recuerda como era capaz de ver tres películas seguidas después de trabajar la noche anterior sólo para mantener un estado de vigilia adecuado. En la actualidad, el cine es aquel lugar que queda de camino entre la heladería y las tiendas e juguetes. Pero lo curioso de todo es que me importa bien poco (siempre que la conexión siga funcionando, claro).
      Sin desviarme del tema, el hecho de traer un hijo a casa me ha completado. He descubierto que mi corazón tenía hueco para algo más que para mi Janecita y que es fácil usarlo de manera desinteresada. No encontraba nada más importante en la vida pero entonces aparece el dilema:
      ¿Vale o no la pena traer un hermano al mundo para Patricia?
      Y ahí es donde surgen todo tipo de dudas que, por fortuna, empiezan a aclarase lentamente.
      Y es que, ¿Qué necesidad tengo de complicarme aún más la vida si ya tengo cubiertas mis necesidades?, ¿cómo mantener el nivel de vida actual y, lo que es peor, cómo equiparar todos los gastos entre ambos enanos para que tengan las mismas oportunidades sin que se resienta aun más mi denostada economía?. Pues no veo mayor explicación que la de ser el causante de que Patricia no disfrute como yo durante tantos años del placer de tener una hermana con la que compartir todas y cada una de las cosas con las que he disfrutado o padecido en mi vida. Quien si no ella ha sabido comprenderme en determinados momentos cuando las circunstancias no eran las más apropiadas. Quien si no fue la cara que más recuerdo cuando salí de la puerta del paritorio después de ver a mi pequeña y con la que me fundí literalmente en el más bello de los abrazos. Si, sin dudarlo, un hermano ha sido, es y será uno de los pilares fundamentales en mi vida.
      No quiero obligar a nadie a que piense de manera semejante, ya que cada cual es un mundo y vemos historias por ahí que tienen poco que ver con mi experiencia. Es precisamente por eso, que es la mía, por lo que estoy convencido de la necesidad particular de un amor fraterno en la vida de una persona.
      Así que tomada la decisión entre nosotros, ahora sólo falta decidir cuando es el momento más propicio. Eso se me antoja más complicado ya que aun no me he hecho a la idea, pero el tiempo pasa y no me veo con fuerzas como para empezar a planteármelo cuando ya Patricia se valga por sí misma y deba reiniciar mi sistema con un nuevo programa.
      Pues así está la situación en estos momentos, y estos desvaríos vienen motivados por la comparación que hace el libro que tengo entre manos sobre la educación infantil para padres novatos como yo.
      Básicamente narra lo siguiente: Cómo plantearle a tu primogénito la necesidad o no de tener un hermanito, y lo comparan con hacer la misma pregunta a tu esposa. Pruébenlo y verán lo divertido que puede llegar a ser:
      “Cariño, quieres tener una segunda mujer en casa. Será muy agradable para todos y te ayudará a compartir las tareas”
      “Será nuestra esposa, nos querremos todos y cuidaremos juntos cada uno del otro”
      “Ahora necesitare de mi mujercita para que me ayude a cuidar de mi joven y nueva esposa”

      Son buenísimos los ejemplos, no los encuentro más acertados para la situación.

      A por cierto, si alguien está interesado, el libro es de Penélope Leach, “Bebé y niño, la guía esencial para los padres” y está editado por Grijalbo.

Ángeles de la guardia

      No soy una persona muy devota a las creencias religiosas. Con el paso de los años, la desilusión hacia las instituciones que guían a las masas de fieles ha provocado en mi un cierto rechazo hacia todo lo relacionado con la devoción. Por otro lado, este desencanto y la búsqueda de respuestas han forjado en mí unas creencias propias compuestas por la suma de varias experiencias, la lectura indiscriminada de todo tipo de informes y la simple curiosidad que todos llevamos, o deberíamos, dentro.
      A pesar de todo, y sin salir de los dogmas religiosos, hay algunos de ellos que me fascinan y me atraen. Todo lo relacionado con Jesús merece, aunque sólo sea por su importancia histórica, algo de atención por el que les escribe. Las luchas santas, la poderosa fuerza que lleva a aquellos desesperanzados a confiar en algo… y los ángeles de la guardia.

      Son esos seres que, al parecer, nos acompañan para asesorarnos a tomar las decisiones correctas en nuestra vida. Nuestra vocecita interior, Nuestro Pepito Grillo. No te impiden actuar, ya que uno es libre de ejercer su vida como le plazca, pero están ahí dando su punto de vista. Algunos lo llaman conciencia.

      Además de eso, y en cierta medida más importante y soporte de esta historia que llevaba ya tiempo dormida en la memoria, los ángeles de la guardia nos protegen. Podríamos llamarlo suerte, o casualidad. Incluso cualquier adjetivo racional que nos venga a la cabeza. Pero tampoco hay que descartar la presencia de esos seres que nos rodean y que, los que quieran hacerlo, los pueden notar.
      Veamos unas fotos:

      Domingo, 16 de Julio.
8:45 de la mañana
      Vuelvo a casa del trabajo. Regreso a despertar a Janet después de una larga jornada y, para facilitarle el descanso, decido tomarme las cosas con calma. Esta vez prefiero no ir demasiado rápido y disfrutar con un poco de música mientras noto el aire fresco contra mi cara.
      Alguien decide cambiar de carril en el momento menos apropiado. No se da cuenta de que estoy detrás, a escasos metros y que no hay tiempo material para reducir la marcha.
      Un volantazo.
      Unas vueltas de campana.
      Un tiempo escaso que pareció eterno.

      El culpable no paró, siguió su trayectoria sin importarle que, un poco más atrás, sinsangre yacía bocabajo en el coche, empapado en lágrimas y jadeando ante lo sucedido..

      Las sensaciones no se olvidan. Ver cómo en breves segundos tu vida se va y no puedes impedirlo. Comprobar cómo, a pesar de todo, has salido completamente ileso del suceso. Vagar a lo largo de la carretera y comenzar a recoger tus pertenencias, las sandalias de tu niña.

      No encuentro explicación al por qué salí de esa situación sin el más mínimo rasguño. La razón me indica que la moderada velocidad, el cinturón de seguridad y las barras de protección del vehículo formaron una barrera que impidió a la inercia destrozar mi asustado cuerpo.
      Pero yo acudo a una explicación más mística. Alguien decidió que no era mi momento. Alguien quería que, cuando descolgara el teléfono y oyera la vocecita de la preciosa valvucear: Papi te quero bucho, se me saltaran las légrimas irremediablemente. Alguien quiso que el abrazo de mis padres al verme fuera tan intenso que, aun ahora, me tiemblen los dedos al tratar de recordarlo. Alguien quiso que, al mirar a los ojos de Janet, se me estremeciera cada uno de los huesos del cuerpo y que sintiera cómo sobran las palabras en momentos tan duros como ese reencuentro.
      No dan nada por el coche. Duele seguir pagándolo, pero es lo de menos.
      He descubierto, ahí escondido, a un pequeño ángel de la guardia que quiso protegerme en esos momentos tan difíciles.

Me parece que estoy oyendo de fondo unas campanillas.

El miedo en tu cabeza

      Muchas veces me preguntan los familiares de los enfermos ingresados en la unidad de cuidados intensivos acerca del estado de sus padres, hermanos o hijos. Esperan una respuesta cómplice que les ayude a superar el duro trago. Una pequeña dosis de esperanza para combatir la terrible evidencia.
      El tiempo y la experiencia han ayudado a los que estamos uniformados a enmascarar nuestros auténticos sentimientos y desarrollar una preparada expresión seria y cálida que, en algunos momentos, es capaz de serenar los ánimos de los que necesitan muestro apoyo, alejándoles del sufrimiento que supone el tener frente a ti a un ser querido en esos momentos tan delicados.
      Los más difíciles de convencer son siempre los padres. Más que nada porque uno siente empatía al conocer lo tremendo que tiene que ser el ver al ser por el que serías capaz de dar tu vida en un estado crítico. Te miran a los ojos y tus trampas caen por sí solas. Tanto en los momentos difíciles como en aquellos esperanzadores. No hay forma de encubrir esa latente realidad.

      Pero que pasa cuando te sientes directamente implicado en el proceso. Cuando ves a tu madre o tu hermana buscando respuestas que difícilmente puedes encontrar y que se confunden con tus propias preguntas. Que hacer en esos momentos en los que te golpeas de frente con la temida realidad.

      Desde hace algún tiempo reclamo esas respuestas e intento racionalizar mis miedos. Por deformación profesional soy consciente del desarrollo evolutivo del ser humano, de los altibajos que te ofrece la vida y que todo ciclo se ha de cumplir para que la vida continúe su curso. Acepto los achaques de realidad que, poco a poco, empiezan a aparecer en el horizonte y hay días, como el de hoy, en que sientes miedo.
      Analizando los datos de los que dispongo sólo tengo señales para espantar a los fantasmas. Son simples indicios, nada concluyentes, y poco tajantes, pero las miles de excusas que distribuyo entre los que me rodean se tambalean cada vez que decido tumbarme sobre la almohada. Allí todos los miedos te azotan sin piedad y deseas que empiece tu programa de radio preferido para ausentarte un instante de esas ideas.
      Quizás sea por ver el sufrimiento ajeno en una querida compañera con un desenlace cruel e innecesario en estos días que nos rodean. El ver como, en una triste semana, todo lo que conoces cambia radical y definitivamente a una nueva e imprecisa realidad. El buscar entre tu catálogo de frases hechas una que sirva de consuelo y no encontrar nunca la adecuada.
      Pero viene entonces de nuevo esa sensación que te provoca síntomas tan imprecisos como el uso continuo de la tecla borradora del teclado o ese temblor nervioso de los dedos al acercarse al teclado. La limpieza frecuente de las gafas o la cancelación de la música del reproductor Mp3.
      Uno más uno nunca suman dos en la medicina. Mi padre ya ha pasado la edad recomendable para que uno lo empiece a considerar como un maduro galán. Está en esa etapa de la vida donde, cada vez con más frecuencia, los achaques lo acosan y le empiezan a atar a sus temores.
      Se avecinan curvas. Espero tener una buena suspensión en este camino que aun queda por recorrer.

El arte

      Decía Oscar Wilde: “En el arte, como en el amor, la ternura es lo que le da fuerza”. Es una frase categórica que no llegaba a compartir por completo ya que, aun conociendo el poder que ejerce la ternura en nuestras vidas, no concebía una obra de arte sin que el autor controlara los mecanismos ocultos de la composición, el dominio de la luz o el buen uso de los colores.
      Cuando veo obras de arte no aprecio en ellas mayor emoción que la que me puede producir el ver una obra de ingeniería perfecta o el despegue de una nave espacial con destino al infinito. Las recreaba en la mente y comprendía la dificultad que entrañaba el uso de una variedad cromática en concreto o la distribución de los componentes retratados en la inmensidad del lienzo, pero el impacto producido por el análisis de un analfabeto de la pintura hacía que pasara de un cuadro a otro sin llegar a contemplar su importancia contrastada y perdiera la visita al museo buscando el lugar en donde comprar los recordatorios del mismo.
      Supongo que se debe al desconocimiento que tengo de la creación de las obras, de las circunstancias que rondaban al autor en el momento de plasmar sus ideas sobre el óleo. No conocía la mitología para poder apreciar en su totalidad obras como la de “Cronos devorando a sus hijos” de Goya o los trágicos acontecimientos que ocurrieron antes de la creación del “Guernica” de Picasso. No entiendo el secreto de la sonrisa de la enigmática obra de Da Vinci y me quedo en ascuas al observar las maravillas plasmadas en la cúpula sixtina.
      Así que ahora aprovecho la oportunidad que nos brindan entusiastas del arte como Luz para comprender mejor lo que hasta ahora había pasado inadvertido ante mis ojos. A través de sus Miradas entiendo el por qué de las obras y la belleza desapercibida que encierra lo abstracto.
      Pero toda esa búsqueda de sentido a lo pictórico ha llegado a su fin.
      Desde esta semana en encontrado lo esencial que toda obra de arte contiene y que fascina al que la ve de una manera irracional. He comprendido que una simple sucesión de trazos es capaz de activar los poros de tu piel y electrizarte por completo ante tu incapacidad de asimilar lo que tus húmedos ojos no son capaces de transmitirte. He comprendido el significado de la palabra minimalismo. He descubierto que el rojo comienza a ser mi color preferido y que todo lo que se cree con las manos lleva consigo la marca de su creador.
      Una simple obra de arte. Tenía razón el autor de Dorian Gray. La ternura es lo que da fuerza a toda obra de arte.
      Les dejo una pintura. Ojalá la pudieran disfrutar tanto como lo hago yo cada día.

La fuerza oculta de las palabras

      El lenguaje se ha convertido en la mejor adaptación que ha tenido el ser humano a un entorno poco propicio para su formidable evolución y que le ha llevado a alcanzar la dudosa y autoproclamada supremacía dentro del reino animal. Como leo en el libro de Felipe Fernández-Armesto: “breve historia de la humanidad”, la adaptación a un medio hostil para su supervivencia modificó la conducta de nuestros antecesores en la escala evolutiva para ayudarnos a reconocer los peligros y colaborar, por medio de las palabras, con individuos de su misma especie, para reconocer y actuar en consecuencia ante las trampas cotidianas que nuestros antecesores, los más afortunados, tuvieron que enfrentarse. Lo mismo ocurriría con el desarrollo del sentido de la orientación en la oscuridad de los murciélagos o de la extraordinaria capacidad de camuflaje de tantas y tan variadas especies.
      ¿En donde radica la fuerza de las palabras?, ¿cuál es la cualidad que las confiere ese poder tan especial que las permite establecer un significado único en función de su adecuado uso? La semántica es importante, ya que gracias a ella una misma sucesión de letras va a conseguir, en función del contexto de su uso, un objetivo distinto y adecuado a su utilización en esos momentos. Todo lo que escribo ahora puede resultar pretencioso, pedante o incluso nada modesto. Pero al terminar esta pequeña y ambiciosa sucesión de letras, que por sí mismas no tienen mayor sentido que las más complejas teorías sobre la relatividad o la explicación de los más profundos filósofos, todo adquirirá una profunda y sentida justificación que avalará todas éstas, y muchas otras más, que me resultan imposibles de plasmar ante un teclado carente de afectividad.
      Porque soltar sobre una pantalla un gélido “te quiero” no puede más que reflejar una correcta sintaxis gramatical carente de sentido si, previamente, no viene acompañada de una explicación, más o menos detallada, del objetivo al que se dirige la expresión y el motivo que impulsa al escribiente a optar por esas y no otras palabras que plasmen su pensamiento. No tiene el mismo significado si hablo de mi mujer o si lo estoy haciendo de una caja llena de billetes de cincuenta euros, aunque cuando hablamos de sentimientos, su expresión o asimilación por parte del lector siempre dependerá de su estado de ánimo o de su valoración personal de la vida.
      Sin más desvaríos intentaré plasmar, con mayor o menor acierto, lo importante que resultan estas mal escritas, intencionadamente, palabras que entre comillas redacto a continuación “ardros fapa”.
      Cuando recibes en una larga y tedia sesión de trabajo continuada una llamada de tu esposa, dándote apoyo al ser un día impropio para trabajar (fin de semana) en la que tus ánimos, sin estar del todo bajos, sí se encuentran influenciados por los quehaceres diarios del personal sanitario, generalmente tu rabia disminuye una serie de puntos y acepta con mayor valentía el resto de las quince horas que aun quedan por delante y se siente capaz de afrontarlas, al menos, de una forma digna.

      Pero si esa llamada culmina con la presencia, del todo inocente y desinteresada, de tu pequeña y, tras indicación de su madre, aunque absolutamente espontánea, te suelta aquellas palabras sin sentido reflejadas anteriormente, que se transforman lentamente en un claro “adios papa” con su repetición coordinada al poco tiempo que uno se despedía de ella, créanme que el auténtico poder de las palabras cobra un sentido tan importante en la vida del que les escribe que es capaz de emocionar el frío corazón de cualquier persona y le produce una reacción de cálida humedad en sus ojos que es digna de ser reflejada en estas palabras que, ni de lejos, llegan a plasmar lo que pasa por tu cuerpo al oirlas pronunciar por tu adorada hija.

      “Adios papá”, repetido y claro. Dos palabras simplemente. Qué maravillosa adaptación ha tenido el ser humano al medio que le ha hecho saber regalar, a través de un simple teléfono, tantas sensaciones en tan poco contenido.
      Lucas, disfruta a Juampi que él te devolverá ese cariño pasado por el tamiz de la inmensa felicidad.

Escatología de andar por casa

      Quizás debiera advertir antes de empezar que el artículo de hoy pueda herir la sensibilidad de aquellos con estómagos débiles y poco entrenados para afrontar la presencia de secreciones internas y habituales de las personas enfermas, pero hoy es necesario contar lo que pasó anoche con la sorprendente Patricia.
      Considero que los elementos escatológicos se pueden afrontar de dos formas bien distintas. La primera, la más habitual, con la transformación del gesto facial en una especie de rechazo progresivo y brusco, que se caracteriza por el fruncimiento compulsivo del ceño y la ligera apertura de la boca, acompañada del alzamiento de los carrillos y el discreto cierre de los ojos, con la firme convicción de ahuyentar inútilmente el motivo de dicha convulsión humana.
      La otra reacción posible, más extraña a la vez que envidiable, es la de acercarse a dicho comportamiento humano desde un punto de vista más humorístico, aprovechando las circunstancias para reírse del comportamiento natural de las personas. Yo pertenezco a ese grupo, al que es capaz de encontrar el lado divertido ante la presencia de todo tipo de excreciones naturales del cuerpo humano, bien sean internas o externas, aunque no siempre consigo reprimir mis instintos primarios y acabo sucumbiendo ante lo obvio como hacemos todos.
      No creo ser el único, ya que tras la osadía de los hermanos Farrelly de jugar a mostrar gominas naturales, erupciones varias y todo tipo de imaginación escatológica, la reacción general de los espectadores distaba mucho de lo natural y las carcajadas en los cines demostraban que todo puede llegar a tener su punto divertido.
      Quizás es una adaptación más al lugar donde trabajo, donde los baños de sangre, cambios de pañal y secreciones varias han modulado mi visión sobre el tema, reaccionando de la manera más darwinista posible, la adaptación a mi medio.
      El caso es que me gusta reírme de este tema y lo que pasó anoche con la niña es digno de pasar a los anales (no le busquen doble sentido a la palabra) de mi historia como padre primerizo.
      La situación fue la siguiente:




      Sobre las ocho de la tarde de ayer nos encontrábamos Patricia y yo esperando la llegada de mami y para hacer la espera más llevadera decidí ofrecerle a la pequeña un yogur de coco. Habitualmente, la reacción de la niña es devorar, no uno, sino dos unidades de los mismos, pero algo raro le ocurría y no fui capaz de identificarlo a tiempo.
      No abría la boca como de costumbre y alternaba las cucharadas con largos paseos alrededor de la sala de estar. Pero siempre volvía a por una más y decidí complacerla con su postre favorito.
      Sin embargo no llegó a terminar el mismo, por lo que decidí no desperdiciar el manjar y comer los restos que me había dejado la princesita. Estaba realmente bueno y mi reacción natural fue ir en busca de alguno más, pero el acercamiento paulatino de Patricia me planteó otra alternativa, más nutritiva, que no era otra que quedarnos abrazados en el sofá.
      Cualquier padre debe saber que, a estas alturas de desarrollo infantil, esos misteriosos abrazos suelen llevar consigo un objetivo secundario. Yo mal supuse que, a las horas en las que estábamos, ya el sueño podía con ella y no me reprimí en abrazarla con fuerza. Pero…

      …La niña comenzó a llorar débilmente y cuando fui a jugar con ella emitió un profundo y largo vómito que me cayó largamente en la cara. Mi reacción fue la de sonreír por el asunto, aunque duró muy poco porqué a la expulsión inicial siguieron otras tres continuadas y enlazadas por llantos de la niña, lo que me borró el gesto de los labios y me supuso una alerta justificada.

      Al mirar a mi alrededor y comprobar el estado del sofá, el suelo del salón y las ropas de los dos, decidí meterla en la ducha con la ropa y volver rápidamente a limpiar el caro estimulador de mis descansos y allí comenzó entonces la odisea.
Todas mis barreras se vinieron abajo al comprobar como tenía todo mi cuerpo lleno de leche y derivados en digerido estado, y mi lado más escrupuloso emergió desde dentro y comenzó a iniciar el proceso de rebeldía.
      Así que dejé las cosas como estaban, me dirigí a la ducha a limpiar los restos que me cubrían completamente y empecé a divertir a la niña con una sucesión de arcadas y vómitos a los que ella respondía con unas carcajadas dignas de mi mejor heredera. Cuanto más náuseas y arcadas ofrecía yo, más se reía la pequeña, lo que acabó por contagiarme y terminar riendo los dos bajo la cálida lluvia que nos caía en la ducha.
      Fue una reacción lamentable pero me generó más de una risa, y también lágrimas al notar el escozor nasal, que hicieron de una tarde aburrida y convencional, una fuente de diversión inesperada e inolvidable. Aunque no se me apetece repetirla, claro está.
      Para no preocuparles, señalo que la niña está estupendamente aunque sigue con esa eterna tos que nos apuñala todas las noches; Janet no descubrió muestras de lo escatológico salvo los restos aromáticos del lugar y el sofá, bueno, es una larga historia.
      Que buenos momentos me sigue obsequiando esta pequeñaja.

Historia de un beso

      Tener o no hijos es una decisión muy importante en la vida de cada uno. En el momento que alguien toma la trascendental decisión, deja de pensar en sí mismo como persona única e individual y comienza a impregnar su cabeza de un aire de responsabilidad y entrega hacia su pequeño sueño que exprime en su cerebro todos y cada uno de los sentimientos de autonomía y libertad, para realizar las actividades propias de la vida diaria.
      Es por ello que la determinación para ser padre debe ser muy meditada, consensuada entre los dos miembros de la familia y profundamente sentida, para no caer en una honda frustración al toparse cara a cara con el muro de la realidad que le impide a uno salir de fiesta como antaño, ir al cine a cualquier momento o viajar por otros mundos y lugares tan maravillosos como éste en el que nos toca vivir.
      Créanme que, una ve satisfecha tu necesidad paternal, todo lo demás que a uno le rodea deja de tener sentido. Que te pierdes aquella película que tanto habías esperado…pues nada, aun te queda el DVD. Que no puedes ir al concierto de tu grupo preferido…pues tendrás la suerte de disfrutar de las carcajadas de tu hija...
      Pero cuando se producen momentos como el de este mediodía, créanme que

    ya puede venir a visitarme Björk, Bunbury, Ferreiro y Radiohead a un concierto privado para mí y unos pocos amigos, amenizado con un buen sancocho, unas papas con mojo y una pella de gofio, que si ese día tu hija te reclama para jugar con tu barriga o a esconderse tras la columna hasta que la vayas a buscar, está totalmente justificada mi ausencia en el evento.

      Este mediodía, estábamos sentados Janet y yo, recién terminado el almuerzo, observando como nos miraba la pequeña, inocente. Decidimos enseñarle algo tan sencillo como darnos besos entre todos. Quien haya recibido un beso de un hijo sabe lo importante que supone ese momento. Ella sabe como hacerlo, pero como cualquier niño, lo hace única y exclusivamente cuando a ella se le apetece.
      El plan era sencillo. Yo besaba a Janet, ella a Patricia y, finalmente, Patricia a mí. Lo repetíamos, pero la pequeña siempre nos obsequiaba con su frente, y nunca mostró sus labios. Hasta que decidió sorprendernos con uno de esos gestos que hacen grande la experiencia de ser padres.
      En uno de los intentos, decidió mantener los labios de sus padres unidos, acompañando nuestras cabezas con sus pequeñas manos, y sonriendo ante el triunfo que suponía ver a sus padres besándose. Sus ojitos estaban ampliamente abiertos. Los nuestros apenas se mantenían secos.
      Ni que decir tiene que, aun ahora, la emoción nos sigue embriagando.