Publicidad:
Terra
La Coctelera

Categoría: el mundo es asin

Ascensores

      Me resulta divertido entrar dentro de los ascensores.
      La sensación de estar por completo encerrado en un recipiente tan pequeño es, cuanto menos graciosa. Y es que no hay más que mirar a tu alrededor para comprobar que te encuentras inmerso en un ecosistema, un microcosmos limitado por esas paredes que se mueven a menor velocidad de la que todos quisiéramos en esos momentos.
      Por supuesto que no siempre ha sido así. Digamos que hace apenas dos años atrás la cosa era bien distinta, pero con una pequeñaza en el mundo el asunto de los ascensores se empieza a tomar ahora de otra manera. Les pondré un ejemplo:

      Encerrado en medio de esa jaula se encuentran seis o siete personas mirando hacia los lugares más insospechados del recinto, techo, paredes o relojes y demás trivialidades. El ruido del movimiento ascendente corta la escasa respiración que nos llega a nuestros pulmones y, en medio de ese caos, la niña se pone a saltar y a decir “guapa” u “hola” de la manera más natural posible, sin que medie ninguna traba social en su interior y a lo que la gente responde con una sonrisita forzada y nerviosa. Es genial la espontaneidad del los pequeños. O ver como, si son más de uno, se saludan, besan y, llegados al caso, comienzan a jugar como si se conocieran de toda la vida. A mi me resulta envidiable esa facilidad de comunicación que todos hemos perdido.

      Es a partir de ese momento cuando uno empieza a divertirse encerrado en esas cajas. Es más, ya no se me antoja necesaria la presencia de la pequeña y empiezo a actuar en esas situaciones como si con ella me encontrara. Me adentro en los ascensores y comienzo a mirar una a otra las expresiones de los que allí se encuentran para confirmar lo límite y desconcertante de la forzada situación. Nos sentimos aprisionados en el lugar, deseando que se señale nuestro número en el indicador de la planta para salir corriendo de esa situación, de la misma manera de que si estuviésemos en una película de los hermanos Pang. Rara es la vez que dejo de esbozar una sonrisilla que, en ocasiones termina por delatarme y es que la situación es absurda.
      No dejo de reconocer que yo, por regla general, soy un ser antisocial y limitado en cuanto hablamos de habilidades comunicativas. En eso envidio a Janet. Las pasadas vacaciones no había día en la que entablara una conversación fluida con la primera persona que entrase a la piscina con ella o se sentara en la hamaca de al lado mientras yo me limitaba a revolverme en la piscina con Patricia y a contestar con simples y secos afirmativos a los demás bañistas que se interesaban por la simpatía de la pequeña. Yo no soy buen orador, al menos al principio.
      Pero sigo con los ascensores y nuestro comportamiento. Es muy divertido y a la vez estúpido. Y no me refiero a mi nueva capacidad de divertirme en su interior Que es lo nos pasa en los espacios cerrados que degeneramos en una especie de marionetas o autómatas. Algunos, con suerte, cuando entran despistados reciben los buenos días, pero la norma general es la de pasar lo más desapercibido posible en un lugar propicio para el contacto interpersonal. Aparte del tiempo, se podría aprovechar esos treinta segundos para saludar a compañeros de compras o de otras plantas del hospital y, quien sabe, descubrir que estamos frente a nuestro deseado amigo del alma o el siguiente enemigo en la cadena. Nunca lo sabremos porque preferimos comprobar como apenas ha variado la hora del reloj o cómo el flequillo se mantiene igual de mal que cuando salimos de casa. En cierta ocasión leí por ahí que la suerte en la vida había que buscarla y que la mejor forma de encontrarla era hablando con desconocidos de cualquier tema por si encontráramos en ella lo que necesitábamos para impulsar adelante nuestra mala fortuna.
      En cierta ocasión recuerdo como, tras pararse el ascensor en medio de dos plantas en un centro comercial, me atreví a comentar que era el mejor lugar donde podíamos estar porque, al menos, había dos carros de comida al completo. Lo que a mí me pareció un comentario divertido, al resto de los que allí estaban les pareció así como si quisieran usar mi cabeza como ariete para salir de la situación. Como si fuera así de sencillo y no comprendieran que, de ninguna manera, nuestros actos podían beneficiarnos en salir de allí. Cinco minutos interminables en los que los tics nerviosos de los que allí se encontraban dejaron de ser tan divertidos como en los trayectos normales.
      Eso fue un caso excepcional y puedo llegar a entender la tensión del momento, los nervios y la claustrofobia que ocasionan la falta de aire y las ganas de salir de allí. En trayectos normales, como lo son el 98% (estadística inventada) de los trayectos,.los ascensores pueden llegar a ser lo divertidos que uno quiera. Y si no hagan la prueba para comprobarlo y si les gusta el resultado, extiéndanlo a todos aquellos lugares en donde uno se ve obligado a compartir trayecto. Aviones, colas de espera…Somos seres humanos con una habilidad innata para comunicarnos y a veces no distamos demasiado de un ejército de clones autómatas que nada tiene que envidiar a los peces de una pecera.

Necesito una crema de esas

      Podría ser que me esté haciendo viejo antes de lo que pensaba. No llega a ser una sensación tan desagradable como presumía cuando apenas tenía dieciocho años, pero no me puedo negar ante la evidencia. Los años van pasando y, aunque aun estoy a años luz de lo que, espero, me corresponde en este pedacito de vida que me han regalado, ya noto como ciertos síntomas me delatan como una persona adulta. Es como aquella ocasión en la que me puse frente al espejo y descubrí un pelo blanco en la barba o cuando subes aprisa la escalera ante el llanto de Patricia y notas como bajo toda la superficie corpórea existe un corazón reclamando un poquito de ayuda.
      Me gusta la sensación, no es desagradable. Miro a mi alrededor y me siento como un chaval, con inquietudes, ambiciones y con ganas de vivir. Cuando veo a mis compañeros de trabajo mayores, me confirmo en mi juventud, y hablando con padres, tíos y hermanos me convenzo de lo que es obvio. Además mis intereses no distan demasiado de los que tenía en la universidad o en mi tapa de la edad del pavo. O sí.
      La cuestión es que tenía las mismas sensaciones hace diez años, e incluso más. Recuerdo pensar en aquella época que cuando alcanzara los treinta ya habría madurado lo suficiente como para dejar de pensar en los videojuegos, internet o películas de monstruos y que estaría centrado en aquellas cosas que se suponen llevan implícita la treintena.
      Y justo ayer, durante la larguísima jornada laboral a la que me vi sometido, el planteamiento de la madurez empezó a rondar por mi cabeza hasta el punto de querer plasmarlo sobre estas líneas para, espero, reírme de ello dentro de, no sé, quince años más adelante.
      Y todo porque me doy cuenta de que cada día me pongo de mal humor con mayor facilidad. Y eso tiene que ser un signo de la edad, porque yo nunca había sido de esos. Yo era de los que encontraba un punto de humor ante cualquier tipo de adversidad y de los que apenas tenía preocupaciones. Pero ahora cada vez son más y no se si esto mejorará en un fututo cercano o la cosa va cuesta abajo. De ahí a los problemas físicos no va nada.
      Si empiezo a enumerar todas y cada una de las causas de mis continuos cabreos que me pillo últimamente en el trabajo recibiría comentarios del tipo: “no te preocupes, que es normal que te cabrees”, pero da igual, no es el tema de hoy. Simplemente creo que cada uno tiene una función en el sistema sanitario, por la que nos pagan (a unos más o mejor que a otros) y por la que somos responsables. Y me cabrea la apatía, dejadez o caradura de los que se aprovechan de los impulsos laboriosos de los demás. Nada más. Solo pido que cada uno respete a sus compañeros en su trabajo y eso incluye el que cada cual asíe con fuerza su remo para navegar en una dirección conjunta.
      Creo que lo quieren llamar el Burn Out o algo así. Yo lo denominaré “mala racha” o “aguas turbulentas” que se calmarán cuando menos me lo espere.
      Y claro, como uno siempre ha sido de risa fácil, carente de preocupaciones y del flower power, ahora nos convertimos, de forma automática, en “el malo de la película, en el “ya no es como antes” o en “a este tío le pasa algo”.Posiblemente la incorporación del resto de la tribu hará que el lastre sea más llevadero o, al menos, mas divertido (logoss, te queda poquito).
      En fin, todo ese rollo de cascarrabias me está haciendo envejecer rápido. O será que Patricia me obliga a ello con su asombroso desarrollo.
      Fin de semana `para pensar en ello.

Precaución, amigo conductor. Te están vigilando

      Parece ser que las arcas ministeriales de la dirección general de tráfico española no llegan a los resultados esperados después de la implantación de medidas contra los conductores que usan el teléfono móvil al volante, por lo que el siguiente objetivo será el estigmatizado colectivo de los fumadores y sus peligrosos actos a manos de los automóviles. Buscar la disponibilidad de tabaco, encender el mechero e iniciar las caladas será considerado peligroso por esta institución.
      Personalmente me da igual, lo único que me fastidia de este colectivo es la forma que tienen de limpiar sus ceniceros y, por suerte, yo no entro dentro del retrato robot de los futuros perseguidos. Aun así me divierte la forma de pensar de los encargados de vigilar por nuestra seguridad en la carretera.
      Inicialmente las medidas de seguridad eran básicas y, en cierto modo, comprensibles por cualquiera que tuviese un mínimo de cordura. Disponer de luces de emergencia para fallos inoportunos en el sistema de alumbrado, usar correctamente el cinturón de seguridad y casco en las motos, disminuir la tasa de alcohol en sangre de los inconscientes bebedores… Todo correcto y asumible, a pesar de que quien más o quien menos hemos infringido esas normas en más de una ocasión y nos lamentamos por ello.
      Pero, no contentos con el resultado, atacaron a cierto sector de desaprensivos al volante. Concretamente a aquellos que usan el teléfono durante sus trayectos. Sólo a cierto sector, ya que los que se podían costear un funcional dispositivo de manos libres quedaban exentos de la medida. En un alarde de ingenuidad, utilicé uno de esos sistemas gratuitos que promocionan una marca de refrescos y, sinceramente, lo encontraba más peligroso que llevar el teléfono pegado a la oreja. Las posturas necesarias para oír y que te oyeran eran un puro acto de contorsionismo. Y es que el privilegio de llevar estos sistemas se destinaba sólo a unos pocos.
      No quiero ser malinterpretado. Soy consciente de que llevar una conversación y conducir no es lo más correcto. Vemos a diario las imprudencias que se cometen, sobretodo en suelo urbano, pero también ese tipo de infracciones se producen en las más diversas situaciones cotidianas que vemos a diario.
      Habría que prohibir, entonces: Llevar la radio encendida, comer un chupachups, viajar con niños inferiores a cinco años, viajar con adultos que ya tengan carnet de conducir, pasear a tus suegros, colocar un Elvis o un Neng en el salpicadero, prohibir a las chicas explosivas y a los metrosexuales pasear por las calles…
      Lo de la radio trae sus matices. Ya más de una vez he reconocido que tras escuchar según que programa de radio he tenido el arriesgado instinto de dar un volantazo y lanzarme de cabeza contra los carriles contrarios, cerrar los ojos y aliviarme del sufrimiento que supone su escucha. Alguna que otra columna da fe de ello.
      Al fin de cuentas, si lo que quieren es recaudar más dinero con estas medidas no sería del todo descabellado encontrarte un día de estos con controles policiales en los que se vendan boletos para un sorteo de una cesta de navidad o una participación de lotería. Sería hasta divertido y les cogeríamos simpatía a estos individuos.
      Querrán el dinero para financiarse las gafas de sol.
      De todos modos, me quedo tranquilo con todo lo que se refiera a este asunto. No he fumado nunca ni creo que inicie el hábito a estas alturas. Aunque cuando pasan los coches tuneados a doscientos treinta y ocho kilómetros por hora rozándote los espejos retrovisores y compruebas que en el asiento del copiloto tienes un papelito sancionador con sesenta euros por conducir con el teléfono en la mano, me entran ganas de echar alguna caladita a los conocidos cigarros de la risa.

Tiempo que se va, días que vienen

      Los seres humanos tenemos la habilidad de relativizar, con cierta facilidad, la edad de los compañeros con los que nos relacionamos habitualmente. En el momento en que uno se sienta a ver la televisión con un grupo de chavales, o se pone ante los mando de las videoconsolas de nueva generación, termina disfrutando tanto o más que ellos viendo las andanzas de sus amigos virtuales y matando a los increíbles seres que se acercan a ti con malas intenciones. Al fín y al cabo, que puede haber más divertido que ver a un oso de dos metros mover la cabeza rítmicamente al son del cha cha cha. Del mismo modo, basta que uno comparta la mesa con generaciones anteriores a la tuya para que se sienta partícipe de esa serenidad y experiencia que nos invita a mimetizarnos entre sus vivencias y sufrimientos pasados, su carencia de verdadera libertad y su falta de alimentos prefabricados. Asimilamos sin ningún tipo de rubor lo mal que lo pasaron nuestros padres en la época franquista sin que hayamos padecido en ningún momento en nuestra corta experiencia situaciones semejantes a la pasada dictadura.
      No lo hacemos conscientemente, pero nos adaptamos a nuestro entorno y olvidamos los años con los que la naturaleza nos ha obsequiado.
      En este punto uno se siente traicionado cuando descubre que realmente es más viejo de lo que deseara. Sin llegar a dramatizar, el tiempo pasa por delante tan rápido que uno deja de ser capaz de asimilarlo como debiera. Supongo que, tras el nacimiento de Patricia, los minutos de mi vida han dejado de tener auténtico sentido al ver como, apenas unos meses atrás, era incapaz de ponerse de pie y, ahora, uno no pueda despistarse sin que suba por las escaleras, abra cualquier tipo de armarios o no deje de chantajearme con inesperadas perretas con las que nos ameniza en esos reuniones sociales tan inoportunas.
      Dos momentos en pocas horas me han servido como notificación de lo que significa cumplir años. En el primero de ellos, una de nuestras compañeras de trabajo, de la que estaba seguro pertenecía a mi generación, me confirmaba que alcanzaba el domingo sus veinticinco años (lejos ya de mis treinta actuales). Mi cara aun se resiente de la sorpresa y, en parte, de la envidia que aquello suponía. Por otro lado, el tararear sin atisbo alguno de duda, las canciones de un álbum recopilatorio reciente sobre lo mejor de la música negra, me trasladó a mi pasada época de inocente botellón con el que tantos bueno momentos pasamos algunos y yo y que lejos queda ya en la memoria.
      El caso es que los años pasan. Y el tiempo de disfrute también.
      Lo que antes era tedio y desesperación por no saber que hacer para disfrutar las lentas horas del día, ahora se convierten en una sucesión de obligaciones y rutinas que dejan poco tiempo para sentir la vida como si ésta fuera la mayor expresión de libertad. Trabajo, niños, compromisos ineludibles y el único tiempo del que dispone uno se utiliza sólo para descansar y comprobar que el ritmo con el que ocurren las cosas parece no querer dejarnos una "tregua" esperanzadora.
      Ante este panorama desalentador, la mejor arma con la que uno puede enfrentarse es con un tremendo entusiasmo y unas locas ganas de divertirse con lo que se hace a diario. Si uno se acerca a la unidad de intensivos, recordar que estamos ahí para ayudar a muchos a llevar los duros momentos de la mejor manera posible. Que se necesita bien poco para consolar a los que lo necesitan. Las terribles (adorables) horas que te desgastas con tu pequeño terremoto, no serán más que recuerdos imborrables que generarán la desconocida envidia en aquellos que no han disfrutado lo que significa vivir a diario con un regalo de pelo rizado. Y el resto del tiempo que queda. Pues me lo guardo para mi esposa y mis desvaríos diarios como el que se plasma aquí hoy.
      El domingo es mi treinta y un cumpleaños. Buen día para tomarse un helado en la avenida con mis niñas.

Buscando una brújula

      Un día extraño este que acaba.
      Verán. Vivo en una isla preciosa situada geográficamente al sureste de la península ibérica y que contiene, en los relativos poco kilómetros que la bordean, toda la variedad continental que puede uno soñar, desde preciosas playas a maravillosos campos, buenas gentes y deliciosa comida y, sobre todas las cosas, una idílica climatología caracterizada por la presencia de los vientos alisios que nos baña en temperaturas medias anuales de 25º aproximadamente.
      Este lugar de ensueño se ha visto truncado hoy, en pocas horas, por un diluvio abrumador que nos maravilló de entrada y nos causó entusiasmo a todos los isleños. Ver el agua caer con fuerza siempre alegra a quien no está acostumbrado. Pero pocos minutos después, cuando las gotas del cielo decidieron unirse con el agua del suelo, la admirada belleza celestial optó por revelar su verdadera identidad para mostrarse como una de las mayores fuerzas latentes en la Naturaleza y, con ello, darnos una gratuita lección de humildad a todos los que, inútilmente, corríamos a reparar los desperfectos que ocasionaba a su paso.
      Me avergüenzo de escribir todo esto después de las impresionantes imágenes que, año tras año, ofrecen los informativos sobre los devastadores efectos de los grandes y recientes huracanes, así como la grandiosa voracidad que mostró la mar apenas hace un año, pero creo necesario situar en el contexto todo lo, tristemente, ocurrido en el día de hoy.
      Calles inundadas, alcantarillas desbordadas, coches averiados y múltiples sótanos recibiendo litros y más litros de agua. Por lo que a mi respecta, pasé gran parte del día achicando agua de manera inútil, aunque los daños han sido leves y me alegro por ello.
      Pero me desviaré un poco del tema.
      Mi padre, con cierta frecuencia, muestra un comportamiento insensato que a todos nos vuelve de los nervios. Tiene la sana costumbre de pensar, siempre, en los demás antes que en él. Ésto, que siempre, siempre será admirado, e incluso envidiado por mi parte, supone con cierta frecuencia un motivo de conflicto en mi familia ya que, cuando se le requiere, es difícil que esté cerca de uno. Encima, no conoce lo que es llevar consigo un sistema localizador, o un simple teléfono y, en días como hoy, con la que nos vino encima, las horas carentes de noticias sobre su paradero se vuelven interminables y angustiosas.
      Al grano. Se le rompió el coche al pasar a través de un charco, no hubo forma de ponerlo en marcha, estaba lejos de cualquier medio de comunicación y es un cabezón. Ya está.
      Pero pasó algo que no esperaba hoy. Y me ha impulsado a escribir unas letras esta noche, a pesar de que tenía ideas revoloteando por mi cabeza con la de cosas que han ocurrido en este extraño día.
      Cuando localizamos a mi padre, le fuimos a buscar. Intentamos arreglar el coche, no hubo modo, y esperamos a la grúa (tres horas por sobrecarga de trabajo). Allí, en medio de la calle, me dediqué a contemplar el despejado panorama. Para entonces la lluvia se alejaba en el horizonte.
      A lo lejos había dos chavales de unos quince años, pedaleando y haciendo malabares sobre sendas bicicletas. Se reían y jugaban en los charcos, como tantas veces hice yo en su momento. Se acercó un mendigo y aprovechó uno de los salientes de la casa para aprovechar los chorros de agua que caían desde la azotea y limpiarse las manos y la cara. Una estampa entrañable que me inspiró una cierta ternura hacia el desconocido.
      Pero, aun no me termino de explicar el por qué, los niños comenzaron a insultarle y a pedalear alrededor del hombre que, no dejaba de simplemente, limpiarse. Hediondo, asqueroso, puerco. NO LO ENTIENDO. O no lo acabo de asimilar. Hay algo que se me escapa.
      Vistas las últimas imágenes que me llegan desde varios puntos del país sobre actos similares, no debía de sorprenderme tanto este “juego”, pero tengo la sana costumbre de creer que la manipulación informativa de los medios españoles, magnifican las historias en busca del impacto de los televidentes y que la sociedad no estaba tan denigrada aun.
      Pero yo lo vi a pocos metros y, aunque no hubo agresión física en ningún momento, el dolor que me produjo ver lo que vi u oír lo que oí, rebotan dentro de mí y me llenan de rabia y pesar.
      Ante este punto, ya no se que pensar.

Elegir lo contrario

      Para que una película tenga un notable éxito a nivel internacional es necesario que el productor decida entre dos opciones generalmente opuestas. La primera de ella consiste en invertir una considerable cantidad de dinero en publicitarla. Llenar las calles de carteles, aprovechar las pausas televisivas para soltar sus anuncios y convertir a los actores y directores en freaks ambulantes que recorren todos los países del planeta intentando mostrar su mejor cara.
      Por otro lado, se puede conseguir el reconocimiento a través de la producción de una obra cuidada hasta el más mínimo detalle, preparando un elaborado guión, mimando a unos actores solventes y adecuados para el papel y dejando el proyecto en manos de un imaginativo director que tenga las ideas claras. Éste tipo de proyectos suele ir acompañado, si las premisas se han cumplido y la suerte lo acompaña, en un rentable producto para la crítica que lo alabará donde quiera que se muestre y que terminará arrastrando los codiciados premios de los festivales a los que acuda.
      Cuando acudimos a las salas a ver las películas del primer grupo, solemos salir de las mismas con un ligero dolor de cabeza y una sensación de deja vú que comienza a ser asfixiante. Quizás me esté haciendo viejo demasiado pronto. Sin embargo, el otro grupo, el que cuesta decidirse si pagar o no la entrada para ver historias con algo que contar, nos suele golpear más profundamente y nos impregna de un olor interno que nos mantiene en un estado de trance prolongado.
      Desgraciadamente no todo resulta del todo sencillo y dejamos escapar infinidad de excelentes productos, de extraordinarias actuaciones y de guiones sorprendentes por hace caso única y exclusivamente a la pantomima de los Oscar de Holliwood, convirtiendo a esta ceremonia propagandística en el paradigma de todo lo que nos sentimos obligados a ver para rellenar nuestro huequecito de intelectuales y dejar de lado a las maravillas que realmente merece la pena ver.
      No siempre sucede así, no quiero ser categórico. Sin ir más lejos, este año la elección de la academia no fue catastrófica, y reconoció a la gran obra de Clint Eastwood con los premios que se merecía, pero la lista de olvidados es injustificable en esta asociación que mira más por el interés de determinadas productoras y menos por la calidad del producto en sí. No es que esas películas sean malas. Es más. Son muy buenas en la mayoría de los casos. Pero no son las mejores, aunque de opiniones podemos hablar largo y tendido sobre el asunto.
      Pero cuando uno empieza a ver la acumulación de premios que recibe tal director, cual película o el genial actor y descubres que se le ningunea el supuesto gran premio, uno reflexiona que hay algo por ahí que no termina de cuadrar.
      Todo esto viene a relación con la extraordinaria película que disfrute anoche.
      Es una joyita coreana, del a mi juicio mejor director de cine asiático (e incluso mundial) Park Chan Wok. Su nombre: “Sympathy for Mr. Vengeance”. No pienso entrar a fondo a desgranar la misma, puesto que le cedo el privilegio a nuestro reconocido Chico Viejo, que parece que está generando un, como nos acostumbra, estupendo desglose de la misma.
      A grandes rasgos trata sobre un chico sordomudo, con una hermana enferma terminal que necesita de forma urgente un transplante de riñón. Tras probar todas las medidas posibles toma una decisión desesperada que va a condicionar el resto de su vida.
      En esta desconocida película, las interpretaciones son exageradamente buenas. Aun ahora estoy boquiabierto ante la contención que puede mantener frente a la cámara el genial Kang-ho Song.
      Es extraordinaria la facilidad que tiene este hombre para mostrarnos en un breve periodo de tiempo sentimientos tan profundos como la desolación, la desesperación, la rabia o las ganas de venganza. Extraordinario. Tanto él como su “antagonista”.
      Sin embargo no hemos oído hablar de este hombre, ni de su director, ni del cine coreano porque nos quedamos ciegos ante las luces de Neón que abundan en nuestros centros comerciales.
      Pensaba que, como asociación estadounidense, tenían todo el derecho del mundo a premiar a películas que fueran rodadas “en su país” y que dejarían los premios a las películas foráneas en la categoría creada al respecto.
      Pero esa premisa se me rompe en pedazos por la cantidad de películas inglesas que nominan cada año o, siendo más radical, las candidaturas que recibieron la sobrevalorada “La vida es Bella” o la preciosa “Tigre y Dragón”.
      Así que los olvidos de actores desconocidos como Kang-ho Song, o, tirando para casa, de Bardem este año, me resultan lo suficientemente inaceptables como para no volver a perder una noche de sueño más intentando reírme con los extraterrestres comentaristas del canal plus. Y cuando vea la lista de agraciados, la pondré detrás del papel que recoge a los festivales de Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián…, que premian (casi siempre) productos adecuados y no se dejan engalanar con pompas de jabón.

Segunda parte

      Parece que la puerta se ha vuelto a abrir.
      He retirado las vendas que me ataban, desde hace ya mucho tiempo, y he exorcizado a los fantasmas que me impedían regresar a este lugar de encuentro, para compartir con esas agradables presencias que se acumulaban tras mi pantalla, mi diferente punto de vista sobre todo aquello que me rodea y que me facilita una enorme sonrisa o un espectacular cabreo virtual que muere bajo las letras de éste teclado.
      Justificaciones muchas. Concluyentes ninguna.
      A modo de penitencia explicaré que estas fechas navideñas se han vuelto muy duras para el que les escribe. No ha pasado nada lamentable, pero elegí abandonar voluntariamente el paralelo a la realidad para centrarme en otros asuntos que consideré, y lo sigo haciendo, más importantes y a los que me veo obligado a prestarle toda mi atención.
      Muchos sabrán que a estas alturas Patricia se ha convertido en un auténtico torbellino que centraliza mi vida y mi escaso tiempo. Alguno incluso conoce la espectacular labor que está llevando mi mujer en su tienda de decoración en estas fechas de consumismo desorbitado. Y quien más o quien menos reconocerá que la fatiga termina consumiendo por dentro a todo aquel que caiga por sus heladas manos y que pierde la lucha cuando se encuentra falto de motivación.
      Sumémoslo todo y compliquémoslo un poquito más. Enfermemos a la pequeña e impidamos que vaya a la guardería durante un tiempo prolongado. ¿Qué tal si aprovechamos las fechas para dedicar el fin de semana a continuar con las ventas diarias y convertirse el trabajo en una auténtica necesidad vital? Y por supuesto. Dejemos que el hospital se llene de accidentados varios, de pronóstico incierto, que te destrocen la moral por completo dedicando todo tu esfuerzo a emprender acciones cercanas al milagro.
      Por supuesto los momentos de descanso estaban ya dirigidos a mis niñas.
      Hasta hoy, que comienza a aparecer una tenue luz al final del túnel. Que la pequeñaja se ha vuelto a incorporar a sus actividades. Que tengo por delante un oasis de tiempo libre al que arañar unos minutitos para dedicarlos a mi alter ego. Y que parece ser que por fín las cosas empiezan a serenarse un poco.
      He vuelto a perder mi sangre. Y seguiré derramando por aquí parte de ella.
      Y no quiero olvidar a aquellos que me han transfundido ánimos para que el día de hoy sea el primero de muchos en los que seguir presentando ideas descabelladas y sentimientos varios en estas efímeras letras. Tengo muy presente lo que han hecho y espero devolverles todo con los justos intereses. Empezaré mostrando mi gratitud de la forma más sincera que se me ocurre en estos momentos. Escribiendo de nuevo. Estrellas, Gatas, Amantes de lo Coreano...
      ...Empecemos.

Envidia (de la buena)

      ¿Hay alguien ahí?. Parece que vuelvo después de una lenta meditación sobre el sentido de mantener abierta estas puertas. Tras leer con detenimiento alguno de los comentarios dejados por ustedes no encontraba otra forma de agradecimiento más sincera que esta, y la envidia que sentía al leer cada día las historias publicadas por el enorme grupo que llena mi bloglines de artículos me han hecho replantear la situación, ahora con más calma. Y, por suerte, la actualidad da para mucho en estos tiempos convulsos así que vamos a lo que estamos.
      Cuando uno analiza con ironía el funcionamiento de su país termina cayendo en la enorme facilidad que le conyeva la comparación con otros estados semejantes al suyo, para buscar las deficiencias y perjuicios que le implican a los incrédulos españoles. Buscamos la importancia institucional francesa o alemana, la fuerte moneda inglesa o el patriotismo americano e indagamos en motivos que nos llevó a equivocamos en España. Claro está que uno no se compara nunca con otros lugares que “disfrutan” de condiciones peores e, incluso inhumanas o degradantes, y se suele centrar en aquellos a los que la envidia termina por nublarles la vista ante la auténtica realidad que la globalización se ocupa de ocultar.
      Bien es así que, cuando uno analiza su sanidad o su sistema educativo, busca las “mejoras” con las que funcionan Francia o Alemania, incluso envidiamos a la sociedad estadounidense, a pesar de ser siempre el objetivo de nuestra crítica e ironía. Habría que preguntarles a ellos sobre lo bien que funciona nuestro sistema sanitario (en serio) o como tenemos un sistema de pensiones más o menos justo conforme a lo que aportamos a las arcas nacionales. Ya se que todo es mejorable y hay que denunciarlo enérgicamente para conseguir que todo sea semejante a los lugares que nos mostraba la sonrisa de Julie Andrews, pero nos quejamos por vicio y costumbre y eso siempre será bueno.
      Todas estas palabras vienen de uno que acepta ser pisoteado por los dependientes agresivos de los comercios frecuentados o los médicos inconscientes que se creen que llevamos tres días trabajando y que, por tanto, no conocemos la materia en la que los seis años continuados nos han curtido sabiamente.
      Pero a pesar de todo, seguiremos envidiando otros sistemas de vida y hoy no puedo babear lo suficiente al contemplar como se las gastan en el gobierno británico.
      Quien más o quien menos sabe que en España el poder reside en el Pueblo Español (risas de fondo) y que somos nosotros los que decidimos el destino del mismo a través de nuestro apoyo, condicionado, en las urnas a esos diputados que suelen abandonar, con más frecuencia de la deseable, su escaño para ir a la cafetería a echarse un cigarrito (ya queda menos) o un pincho de tortilla. Buen ejemplo de ello nos encontramos en el insulso y estéril debate de las autonomías que quedó felizmente eclipsado por el nacimiento de la futura Reina de España (que bien suena esa expresión tan manida). Por cierto, que aburrido resulta todo cuando uno de los representantes más belicosos decide hacer puente y no reivindica lo que todo el año no deja de rumiar.
      El caso es que tras soltar sus discursos al viento nuestros senadores decidieron, salvo el admirable caso del presidente aragonés, no perderse la eliminación del Gran hermano o la inauguración tímida del nuevo canal televisivo con el que nos ofrecen más de lo mismo, con las mismas caras y las mismas intenciones. Vaya forma de dirigir las riendas de este envidioso país.
      Sin embargo el gobierno Británico actúa de otra forma más coherente. Tienen algunas medidas importantes que decidir y no se andan con chiquitas a la hora de decirse las cosas a la cara y ejercer su derecho a réplica con verdadero y denostado talante. Bien es así que esta semana los diputados del partido laborista, el mismo que gobierna desde hace dos legislaturas, decidió retirar el apoyo a su presidente en una cruel reforma que se sacó de las manos el buen orador de Blair. Pretendía aumentar el periodo de detención, sin cargos, a los sospechosos hasta los tres meses, aun en ausencia de pruebas que comprometieran a los reos, y sus compañeros de partido decidieron que no era necesario llegar a ese extremismo cortándole las alas. ¿Que envidia!
      Eso aquí en España es impensable. Que los diputados de un mismo partido voten en contra, y mantengan después su puesto con la cabeza bien alta, es una utopía que nunca llegaré a comprender. ¿Es tan difícil dar una opinión personal en asuntos de relevancia para tus ciudadanos? Para qué elegimos a tantos diputados si no van a ejercer su derecho de opinión. Una vez Celia Villalobos votó en contra de su partido y después de eso no se ha sabido más de ella, al menos en Canarias.
      La solución debiera ser la de organizar referéndum a la carta para todas las reformas, pero mientras llega ese imposible no sería coherente seguir el ejemplo del parlamento británico y discutir civilizadamente las reformas según el punto de vista de cada cual.      Tardaremos mucho en llegar a ese nivel de democracia. Que palabra más impropia para el sistema en el que vivimos. Quizás cambiando la forma del hemiciclo por una parecida al corrillo inglés fomentaríamos más la discusión y nos olvidaríamos de nuestras habituales papeletas.
      Que alegría estar de vuelta. Voy a limpiarme el sudor de los nudillos y a secarme las babas y una pequeña lagrimita.