Fue justo cuando paseaba por entre el gentío del centro comercial cuando me dí cuenta de que la numerosa oleada de puestos ambulantes había desaparecido.
Verán, me resulta muy molesto la presencia de esos minipuestos situados al final de las escaleras mecánicas, o en medio de los pasillos, cuyo paso es obligatorio, y que se nutren de la presencia de indecisos como yo para tratar de vender sus productos. Son esos pequeños establecimientos portátiles con carteles enormes publicitarios y con una hermosa mujer, vestida para la ocasión, sonriendote a tu paso con unos dientes parecidos a los de los políticos en época electoral.
Los hay de tres tipos.
a) Los que venden imanes y utensilios para la nevera. (son los más inofensivos)
b) Los místicos que dedican su tiempo a ofrecerte fuentes de humo, bolas con electricidad estática o cojines de relajación.
c) Los más peligrosos, los tarjeteros o financieras móviles.
Éstos últimos se muestran muy insistentes a la hora de ofrecerte todo tipo de tarjetas de crédito, préstamos sin intereses e incluso carnets de clubes deportivo sin coste alguno y con innumerables ventajas a corto plazo.
Ante la presencia de este tipo de negocios intento escapar de muchas maneras, pero no lo consigo. Siempre está el punto en el que tu mirada se cruza con la de ellos y caes en sus redes.
He probado a hablar con el móvil, acelerar el paso mientras miro el reloj, mirar escaparates de colchones, pero nada. La mejor manera de evitarlos es ir con tu pareja, que ella se encarga de colocarlos en su sitio.
Y es que ella tiene razón. Si me hace falta una tarjeta, voy a la sucursal bancaria y la pido. Pero yo, me quedo embobado escuchando la retórica de la muchacha en cuestión hasta que termina su largo discurso para al final, con mucho sufrimiento, declinar su oferta. Soy como los peces, siempre termino tragando el mismo rollo.
Pero hoy, al pasar por el pasillo no había nadie. Nadie me paró para ofrecerme nada, ni siquiera para firmar papeles por las causas más pintorescas. Me sentí un poco sólo.
Volví a casa cabizbajo y me acosté en el sillón buscando una explicación. Al cerrar los ojos la encontré.
Eran ellos ofreciéndome lo mismo por teléfono.