Últimamente se está poniendo de moda la obligatoriedad de usar términos en otras lenguas para denominar palabras o lugares cuya traducción al castellano es conocida y usada desde siempre por todos los hispano parlantes. Parece ser que lo que inicialmente consistía en una muestra de cortesía se ha ido convirtiendo, en la actualidad, en una necesidad y en un insulto al idioma el no aplicar esos neologismos.
Solía ocurrir con los anglicismos y demás palabras originarias de otros países extranjeros. A nadie le extraña ya hablar de fútbol, jeans, pulóver y tantos vocablos con traducción sencilla al castellano. Lo que era un signo ficticio de buenas maneras ahora es uso común por todos, y por tanto de difícil corrección.
Pero ahora, diversas comunidades españolas han suplantado los nombres de localidades o provincias y se intenta que yo, desde Canarias, las use del mismo modo. No es de extrañar que en concursos de ámbito estatal se nombre a un participante como de las Illies Ballears, Lleida, Girona, o Ourense (disculpen los aludidos si los he escrito mal, pero no pienso corregirlos). Lo mismo ocurre al nombrar caixas, concellerencap o xuntas, erxainas o hasta president.
Por favor, no me malinterpreten. Jamás pretendería que los aludidos hablaran en castellano cuando tienen toda la legitimidad para hacerlo en catalán, gallego, valenciano, vasco o en suahili, me da igual. Si en la gomera usan el silbo, para mí es un orgullo el mantenimiento de tales costumbres tanto tiempo arraigadas en su sociedad. Del mismo modo, espero la misma comprensión cuando me refiero a baldes, cachimbas, fósforos, guaguas o tunos.
Pero yo seguiré viajando a las Islas Baleares, pasaré por Lérida o disfrutaré de Orense, del mismo modo que cuando hablo de Londres o Nueva York no las denomino London o New York.
Es así de simple. Yo no hablo catalán ni vasco, tampoco tengo intención de aprenderlo. Por lo que de la misma manera que entiendo que ellos lo hagan, tan libre de hacerlo que son, creo que no se me debe obligar a variar mi lengua natal.
En conclusión, que cada uno hable como le apetezca, siempre que se respete al interlocutor que tiene delante. Es triste que yo le hable a un inglés en castellano, cuando perfectamente le puedo dar los buenos días en su idioma. No voy a revindicarle nada tras la debacle de Trafalgar.