Una deuda pendiente
Se llamaba Janet. Habíamos coincidido en una fiesta de cumpleaños de una amiga en común. Ella por un lado y yo por el otro. Mucha gente, buena comida y ganas de fiesta y diversión. Las presentaciones no fueron necesarias, éramos demasiados. Allí en medio del tumulto saltábamos de grupo en grupo en busca de efímeras conversaciones de pandillas que no conducirían a nada más que a un momento de inocente soberbia.
Hablaba con todos, me reía con algunos. Pero sólo la veía a ella.
Aún recuerdo su fascinante mirada, su rizado pelo castaño y aquellos preciosos labios carnosos que no se separaban de la botella de refresco. Nunca me atreví a acercarme a ella. Era imposible para mí. Una mujer así ha de tener a todos los chicos detrás, y yo no era digno de ella. ¡No pierdas el tiempo! me decía. Los designios de la vida obligaron a nuestros caminos divergir en ese punto. Era imposible y lo asumí así.
Pasaron días, meses. Tiempo en el que mi único consuelo eran las numerosas fotografías robadas que aproveché para sacarle. En todas salía de lejos, nunca mirando a la cámara. No quise delatar mi ingenuidad.
Ocurrió una fantasía en Junio del siguiente año. 6 meses después.
Durante las fiestas del pueblo me vestí con mis mejores galas y salí dispuesto a comerme el mundo con la arrogancia típica de los 18 años. Recién entrada la mayoría de edad sentía que por fin tenía la sartén por el mango y que no habría nada que pudiera detenerme. Salí con los amigos en busca de diversión y nos encontramos a las once de la noche con nuestra amiga común.
No se si nos saludamos o no. Pero allí estaba ella. Seguramente lo planearon a mi espalda, fue una serendipia o realmente estábamos destinados a estar juntos. El caso es que la música dejó de sonar, al menos en mis oídos, y durante poco más de 30 minutos nos encontramos bailando (simulando) sin dejar de mirarnos a los ojos. Fue electrizante. Comprendí lo que tantas veces había soñado. Estaba allí ocurriendo, y yo era el protagonista.
Alguien o algo me impulsó a acercarme a ella, y cuando apenas me separaba uno o dos centímetros de sus labios, comencé a sentir su respiración cerca de mi boca y cerré lo ojos deseando que aquel momento se mantuviera en mi memoria de por vida tal y como ahora lo recuerdo.
No se cuanto tiempo nos besamos. Para mí fue un instante. El momento más importante de los que había experimentado hasta entonces se había materializado en aquellos segundos.
Al abrir los ojos y verla frente a mí, con su mirada encerrada bajo sus párpados, y comprobar que esos labios eran aún mas dulces de lo que a simple vista parecían, decidí que hasta ahí había llegado, que la había encontrado y que sería, y es, la mujer de mi vida.
Han pasado ya doce años. Muchas cosas ya. Una separación forzada en la que no dejamos de hablar ni un solo día, muchas alegrías y algún que otro disgusto. Una boda maravillosa de cuento de hadas y un regalo especial que ha heredado su boca.
Se llama Janet, y es mi esposa.


Soy David. O mejor sinsangre. Ya entre en la edad que te obliga a buscar metas en tu vida o a perderla para siempre. Esposo, Papá, Hijo, hermano. Muchas cosas para una sola persona.
Trabajo en un hospital de tantos, Vivo en una isla maravillosa (Gran Canaria, no aceptamos Las Palmas), leo, voy al cine, escucho música. Como todos, pero con mi toque personal. Léeme y ya me conocerás mejor.
Jacosito dijo
Recuerdo cuando puse mi artículo AGRADECIMIENTO que me hiciste como comentario que yo al menos hera capáz de escribir lo que sentía por mi mujer, y que tu aún no te habías atrevido. Pues bien, parece ser que ya has encendido esa chispa que tienes dentro y que si le sigues dando a la brasa verás lo fácil que es decir TE QUIERO a todas las personas que tienes al lado. No lo dejes ahora, ya que estás en el punto más dificil. Sigue adelante con esa cruzada contra tus barreras y expresa todo lo que sientes a todos los que quieres.
Saludos
20 Agosto 2005 | 10:45 AM