Esta tierra de contrastes, de vientos alisios, bellos paisajes y gente hospitalaria se enorgullece de haber sido cuna de grandes personajes que han dejado marcado una profunda huella en el corazón de muchos isleños. Escritores, pintores, músicos, estadistas. Es fácil lanzar al aire sus nombres, así como difícil no caer en la pedantería por la reiteración de sus obras.
      El amor a su tierra es común a todos ellos. Su arraigo a las costumbres isleñas, a sus siete latidos, les ha permitido salvar las enormes distancias que algún día tuvieron que recorrer para mantener con orgullo la cabeza bien alta, y regalar su saber hacer de la forma más noble que el ser humano puede hacerlo: poniendo el corazón en ello.
      Para nuestra desgracia, existen también otros ilustres canarios con menos renombre fuera de nuestras fronteras. Son los que enturbian el buen hacer de nuestra tierra y que entran en la denominación de oveja negra dentro de nuestra gran comunidad. Entre ellos se encuentra el señor Francisco Javier Pérez Puey.
      Posiblemente, creo que con total seguridad, no es un nombre que todos conozcan. No se ha caracterizado por escribir bellos poemas o plasmar en lienzos los lindos paisajes costeros de las islas.
      Este muchacho es ilustre en canarias, sobre todo en la isla donde vivo, por consumar en el año 1993 cinco violaciones por las que fue condenado a 48 años de prisión. Desde entonces se le conoce con el ilustre nombre del “Violador de Tafira”.
      En un alarde de originalidad, el juzgado provincial de Las Palmas decidió otorgarle una segunda oportunidad al reo y le permitió pasear por las calles capitalinas pasados 10 años de su condena. Este hecho lo aprovechó el condenado para “intimar” con una muchacha que paseaba una tranquila tarde por uno de los parques emblemáticos de nuestra ciudad.

      Por un golpe de suerte, o de ingenuidad por parte del violador, la chica pudo gritar a tiempo, justo en el momento en el que una pareja de policías hacía su ronda, por lo que pudieron atrapar a tiempo a este hombre, que se había encargado ya de tocar y lamer a la indefensa victima y le llevaron de nuevo a dependencias judiciales.

      De eso hace ya dos años. Y ayer dictaron la sentencia por los hechos los jueces del la audiencia provincial.
      El acusado resulta culpable de un delito de agresión sexual (no violación), cuya condena asciende a un total de un año y diez meses de prisión. Es decir, lleva dos meses de más encarcelado. Por no haber sido consumada la violación, no le dio tiempo, no existe alguna justificación como para encerrarlo más años.
      De nada ha valido los ruegos del propio preso suplicando ayuda sicológica, al ser consciente de su enfermedad intratable. Pedía que no le soltaran, que ya no se fiaba de sí mismo.
      No tuvo importancia el informe forense que elevaba al 100% la posibilidad de reincidencia del Sr. Puey.
      Ni siquiera los húmedos ojos de la víctima, presas del pánico desde entonces, que rogaba a los presentes una condena justa al detenido.
      Desde el día de hoy, el violador de Tafira vuelve a estar suelto por nuestras calles. Y ya comienza a buscar nuevas victimas.




      No culpo al enfermo, ni siquiera al abogado defensor.
      Por momentos llegué a pensar que ojalá el juez encargado del caso tuviera alguna hija que pasara por el mismo trance que sufrieron las seis muchachas. Pero él también cumple con su obligación (la ley es así de injusta) y sus hijas no son responsables de las decisiones del padre.
      Ante este desamparo legal con que nos encontramos, sólo me queda desear...
      ...que al violador de Tafira le entre ahora instintos homosexuales y que de profundamente por el jurídico culo a todos aquellos legisladores que continúan permitiendo que se repitan casos tan injustos como éste.