No hay más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la muerte nos acecha con más insistencia de la que quisiéramos. Se encuentra cerca de nosotros, presumiendo tranquila de su poder y añorando nuestra llegada, disfrutando de la sabiduría de los que se sienten ganadores. Pendiente de que nuestro número sea el elegido para acompañarla al punto de no retorno.
      Uno puede pasarse la vida esperando o temiendo ese momento. Los hay que incluso la buscan de una forma premeditada, intentando encontrar la solución más fácil a sus problemas imaginarios. Ni siquiera ellos pueden decidir su momento. La muerte es la que los escoge, con unos criterios difíciles de entender. No podemos convencerla de lo contrario, por mucho empeño que pongamos en ofrecerle inútiles sacrificios.
      No soy presuntuoso ni tengo el honor de haberle visto sus negros ojos. Para ser sincero, tampoco se me apetece. No tengo ninguna prisa y buscaría lo inimaginable para que se olvidara de mí y de los míos. A pesar de todo, soy consciente de que ella está ahí y que por mucho que me empeñe no puedo hacer nada por evitarla, por lo que intento aceptar la ley tal y como es.
      El trabajar cerca de ella ha moldeado mi visión sobre el acontecimiento. Incluso me ha ayudado a afrontarla de un modo más lógico. ¿Para que preocuparme por algo que no está en mis manos? Es como si perdiera los nervios por evitar que las olas destruyan los castillos de arena que con esfuerzo nos empeñamos en construir cerca de la marea.
      Traumatismos, hemorragias, ahorcamientos, quemaduras, intoxicaciones, vejez. Todos se dirigen hacia la misma puerta y, sin embargo, aun hoy, sigo sin divisar en la mirada de los moribundos algún gesto de dolor, agonía o sufrimiento. Sus rostros se cubren de bonanza y sus mentes, grandes púgiles de lo inevitable, comprenden su ignorancia y aceptan la derrota cuando el juez llega a completar nuestra cuenta.

      Cuando se acerca el momento del desenlace final, los elegidos olvidan todos aquellos temores que le obstaculizaban una vida plena, y se entregan sumisamente al abrazo de la doncella, soltando las imaginarias amarraderas que nos atan a los incoherentes temores. Ya no nos miran, pero tú les ves. Y en su mirada siempre se asoma una tranquilidad y una lección que se esfuerzan en enseñarnos y que tan difícil nos resulta de aprender.

      No perdamos el tiempo en pensar en la muerte, no muramos en vida. Lo que tenga que ser, será. ¿Para que preocuparnos, pues?
      Después de contemplar impotente a dos pacientes, uno caído desde un octavo piso, con una simple fractura de pelvis, y a otro dormido tras una malformación congénita insospechable, no queda más opción que la de dejarse llevar por lo inevitable y no preocuparse por ello ni por un instante más a partir de este momento.
      La vida es corta, pero está llena de regalos que debemos ir abriendo a diario. Empecemos por el día de hoy, que ha amanecido espléndido y se presume agradable.