Mi versión de los hechos
Aun después de asegurar mi presencia en la famosas cita del gofio, las dudas me asaltaban ante lo que me iba a encontrar allí. Tenía reparos, bueno, no es el término correcto. Sentía un profundo respeto ante la reunión de unos desconocidos, en un local alejado de casa y a unas horas inhabituales para mis hábitos alimenticios.
Y eso que yo jugaba con ventaja, ya que salvo a Damián, conocía al resto de los congregados, pero no era del todo partidario en participar en esas situaciones tan incómodas en las que los silencios envuelven a las forzadas conversaciones y los diálogos de pareja se convierten en la única vía de escape a la incomodidad comunicativa, que tan fluida resulta al plasmarla en los ordenadores.
Pero me alegró comprobar que los temores mantenidos se disolvían nada más abrazarnos a la llegada.
Dibujemos la situación vivida:
En aquel fantástico lugar, sabiamente aconsejado por yeyo, nos situamos bajo el suave aroma marino que embriagaba el local elegido y que ayudaba a estimular nuestras inertes barrigas a engullir, uno tras otro, todos las delicias culinarias que convirtieron la frugal comida en una especie de pecado consentido entre los allí presentes, a la vez que las conversaciones fluían de un lado a otro de la mesa, sin que las palabras sonaran autómatas ni con la característica tan artificial que define a los cumplidos. Fue incluso mejor. Las anónimas parejas de los participantes, que no entendían el por qué del entusiasmo de los cocteleros por compartir el famoso momento, participaban como las que más en los diálogos, adaptándose a la congregación con una facilidad envidiable, e incluso siendo sugestionadas para iniciar en breve nuevas ventanas al microcosmos que entre todos hemos conseguido fabricar.
Sucesiones de momentos inolvidables:
-    Las continuas mordeduras del labio inferior que me acompañaron durante el trayecto de ida hacia el lugar de encuentro.
-    El desconcierto inicial durante los saludos, con la confusión propia de los desconocidos que incluso tratábamos de saludar inocentemente a los camareros al confundirlos con miembros de la comunidad.
-    Las agresiones externas continuadas que sufrió mi cabeza por parte del mobiliario que, estratégicamente colocaron sobre mi asiento.
-    Los longorones más buenos que he probado en mi vida y ese lujurioso flan de calabaza, dotado de una magia que puso en funcionamiento cada uno de los poros de mi piel al paladearlo.
-    Todos y cada uno de los, iba a decir dependientes, pero me quedo con el término anfitriones, con ese trato tan personalizado e impagable que nos convirtió a todos en miembros de una realeza inventada.
-    Nerea. Sin palabras hacia ese ángel que nos amenizó la velada con una continua muestra de inocencia y simpatía natural y envidiable.
-    La ausencia absoluta de desagradables cortinas de humo procedentes de los cigarrillos de fumadores desconsiderados hacia los presentes. Nadie hizo el ademán de encender nada, salvo el ambiente.
-    Aquella improvisada sesión de fotos final, con la esencia de paparazzi y la sensación de falsa importancia de un grupo de amigos abrazados en perfecta comunidad.
-    El ferviente deseo de repetir todos esos momentos, y el ansia de aumentar la lista de comensales en la próxima fiesta del gofio.
En resumen, mucho más de lo que esperábamos y soñábamos. Diversión sana y gratuita desde el comienzo de la fiesta y surgimiento de unas nuevas amistades, ya no virtuales, que se consagraron alrededor del elemento conciliador y, al final desapercibido, el ausente gofio de canarias.


Soy David. O mejor sinsangre. Ya entre en la edad que te obliga a buscar metas en tu vida o a perderla para siempre. Esposo, Papá, Hijo, hermano. Muchas cosas para una sola persona.
Trabajo en un hospital de tantos, Vivo en una isla maravillosa (Gran Canaria, no aceptamos Las Palmas), leo, voy al cine, escucho música. Como todos, pero con mi toque personal. Léeme y ya me conocerás mejor.
daminor dijo
Cuando nos encontramos nos dimos un abrazo que parecía más bien el de dos personas que hacia tiempo que no se veían al de dos personas que se acababan de ver por primera vez. Mis impresiones son todas positivas, pero me dio pena que se tuvieran que marchar tan pronto, ya que no pudimos estar mucho más tiempo juntos después del almuerzo, y además que me quedé con las ganas de ver a tu niña, que tan orgulloso de ella estás. Que se mejore. Saludos.
16 Octubre 2005 | 05:01 PM