Esta mañana, al ir a comprar unos caros pañales para la pequeña Patricia, me encontré grente a frente con un expositor de calabazas a las que le habían añadido pegatinas con forma de ojos y boca para dar la apariencia de producto oficial americano. Estaban convenientemente presentadas en cajas de cartón con ventanitas en cada uno de sus laterales para comprobar que, efectivamente, nos encontrábamos con la misma hortaliza con la que preparo cada día el puré de la pequeña.

    Lo que en un principio me hizo sonreír, puesto que existen en esta comunidad personas tan extrañas como para comprar una calabaza a un precio mayor para disponer de coloridas pegatinas, me sirvió en el trayecto de vuelta para despertar a mis adormiladas neuronas y reflexionar sobre cómo somos capaces de adoptar las más variopintas costumbres de otros países para asimilarlas como nuestras.

    Es de locos. Practicamos hábitos extraños para nuestra sociedad que nuestros padres, apenas veinte años atrás, no hubieran ni imaginado.

    Tengo claro que detrás de todas esas neocostumbres se encuentra la poderosa maquinaria que genera dinero, y que el último fin de la misma es el de siempre: enriquecerse a base del consumismo desproporcionado e inconsciente. Yo soy uno de tantos consumidores natos, pero intento poner límites a esa expropiación de mis creencias porque, si no me equivoco, aquí en España, la noche de Halloween nunca se ha celebrado de tal manera, disponiendo para esas fechas del día de los fieles difuntos, diseñado para acompañar a nuestros familiares fallecidos, limpiar sus nichos y obsequiarles, aunque sólo sea una vez al año, con nuestra visita y la donación de unas flores que marchitarán a los pocos días de la visita por nuestro posterior olvido.

    Y es que tendemos a adquirir como nuestras las costumbres norteamericanas que ni nos van, ni nos vienen. Ya nuestros partidos de baloncesto no se conciben sin las interrupciones de las animadoras (algunas tienen como su objetivo en la vida saltar al campo a menear sus caderas), la celebración de barbacoas (o el olvido de los asaderos de toda la vida), y la festividad del tipo gordo y con barba elegantemente vestido por la marca Coca Cola y que ha ido robando lentamente el puesto a nuestros orientales reyes.

    Me hace gracia darle la vuelta al asunto e imaginar al pueblo estadounidense copiando las costumbres españolas que le llegan a través de nuestro cine. Los sitúo vestidos con rulos, labios pintados y medias de rejilla imitando a alguno de los célebres personajes de Almodovar, o con el traje torero emulando las estupideces que solemos hacer el pueblo español con los animales. Necesitaríamos una buena dosis de estimulantes con forma de pastillitas de colores para ver esa imagen. Y hacen bien, no son sus costumbres y mantienen con fervor su cuatro de Julio, su Acción de Gracias o sus cánticos al himno. En cierto modo, es admirable ese respeto que sienten hacia ellos mismos. Yo miro a mi alrededor, a cualquier escaparate o a los niños por la calle y veo otro mundo muy distinto al que disfrutaba hace no muchos años con mi inocencia perdida.

    Ya puestos, por ponernos a imitar costumbres, ahora que disfruto como un enano de las películas asiáticas, me imagino a mi niña acercándose lentamente con los pelos echados hacia delante y una mano en alto, dejando un rastro de agua a su paso. O mejor aún. Sugeriré a Janet que esta noche se ponga uno de esos trajes de colegiada que tanto me gustan y probaremos a ver cómo termina la velada.

    Pues esas costumbres foráneas son tan legítimas como lo son las americanas.

    Bueno, voy a abrir la puerta que están tocando unos niños disfrazados de mis héroes de las películas de miedo. Les recibiré con un enorme cuchillo de cocina, un mono negro y una máscara inexpresiva y les recordaré que Michael Myers sólo hay uno, y estás son fechas propicias para sus fechorías.