No se que es lo que le ocurre a este mundo que sus dirigentes se empeñan en meternos el miedo en el cuerpo. Miro un informativo o leo un periódico y, conforme van pasando los minutos compruebo una de dos: o bien el fin del mundo se encuentra a la vuelta de la esquina, cosa que no me extrañaría o incluso preocuparía demasiado, o bien les interesa a los que manejan los hilos que tengamos esa percepción de la realidad. Prefiero que sea la segunda, ya que eso del fin del mundo con la apertura de los cielos y la llegada de dragones con siete cabezas que expulsan fuego por la boca y portan radios con la programación de la cadena cuarenta me eriza el cuerpo de una forma preocupante. Además prefiero que mi hija no veas esas cosas, que le da miedo los monstruos de Barrio Sésamo y las sartenes que hablan del programa de cocina infantil del canal 32.
      ¿En que me baso para tanto alarmismo? Vean, vean las noticias de los últimos meses: Revueltas de las capas marginales en Francia. Los extranjeros inmigrantes (siempre son ellos) se alzan contra la sociedad y queman coches, asaltan colegios y se hacen pipi en las papeleras municipales. Tengan cuidado que esto se extiende por toda Francia y va a tocar las puertas de nuestras ciudades en breves momentos. Cuidado con los inmigrantes que son malos.
      Esta mañana, al llevar a la pequeña a la guardería, no hacía más que ver ojos blancos, sobre piel negra, mirándome con saliva acumulada deseando que hiciera una parada con el coche en el lugar equivocado. Posteriormente pensé que a lo mejor la saliva era por el hambre que tenía el pobre chaval, que sólo buscaba encontrar algo de sustento para él y su familia.
      Me senté a tomarme mi frugal desayuno y leía como los pollos se revelaban contra los granjeros y pedían con insistencia reivindicaciones tales como mejoras en sus jaulas, más espacio para desovar y televisores o hilo musical para mejorar su estancia. Lo hacían portando multitud de pañuelitos que compraron días atrás a los sin papeles de los semáforos. Pensaba que lloraban, los pollos, pero es que estaban agripados y, con ello, la amenaza mundial de una posible hecatombe se nos asomaba allá en el horizonte. Por un momento puse la película de Hitchcock y vi reflejado en ella los miedos actuales. ¿Soy y el único que ve estornudar a las hamburguesas del McDonald?
      Pues es a todo ésto a lo que me refiero. Al empeño que tienen en estos últimos tiempos a meternos el miedo a todos y, de paso, cobrarnos por ello. ¿Quién no reconfiguró su ordenador hace apenas unos años temiendo que el Apocalipsis se acercaba con forma de dos dígitos que convertirían a la supersociedad digital en un caos digno de las viejas ciudades de Sodoma Y Gomorra? Al final, creo que salvo la extraña capa de Ramón García y los temibles programas de fin de año, no hubo nada que reseñar de la fecha.
      Todo, como siempre se podría explicar repasando los acontecimientos pasados. Si el brujo de la tribu de los antiguos homínidos decidía que la lluvia y los rayos eran muestras de la agresividad del Dios Piedra Extraña, habría que hacerles caso ofreciéndole vírgenes doncellas para sacrificarlas y disfrutar de paso de su inocencia. Más adelante, las plagas bíblicas asolaron a Egipto para demostrar el inmenso poder que tenía el mandamás si se les desobedecía en sus designios y cuando, por fin aparece alguien capaz de iluminar la vida de los seres humanos mostrando que el amor, no sólo a tus semejantes, sino a todos es el camino de un mundo mejor, va y lo crucifican por si acaso. Claro está que el hombre aprendió algo de todo eso y decidió utilizar al mártir como excusa para atemorizar durante los siguientes siglos venideros a los pueblos que, faltos de información y sin acceso ninguno a la educación y lectura, creían como ganado que los que nos ofertaban la vida eterna a cambio de la sumisión sin condiciones, tenían la llave a ese cielo tan desprestigiado que sus representantes se encargaron de desacreditar. "La religión es el opio del pueblo" decía un tal Marx.
      No importa. No siempre fue así y existen muchísimas organizaciones que aún confían en las palabras de Jesús.
      Todas esas lecciones históricas fueron calando en nuestros gobernantes o dirigentes. No la bondad o el amor, sino la fuerza que da a quienes están en el poder el uso del miedo contra la sociedad.       Que se reúnen trescientos falangistas en una plaza a reivindicar tiempos pasados, ¡cuidado!, que una futura guerra civil se puede volver a desarrollar. Que las torres gemelas tristemente son destruidas. Corramos a por reservas enlatadas y busquemos un refugio subterráneo por si acaso. Que el precio del petróleo sube y sube a consecuencia de lo anterior y, con ello, las hipotécas, el pan o el queso de bola. Huyamos que no sobreviviremos sin nuestras video consolas. Ya usó con sabiduría Wells el miedo enfermizo que tiene la sociedad a todo aquello de lo que carecemos de información.
      ¿Qué pasaría si esta tarde aterrizara una nave de otro planeta en medio de la Plaza de Santa Catalina? Pues quizás ni lo notaríamos.