La mejor manera de pasar página sobre lo de ayer, que bien que lo pasé, es volviendo a las andadas y reflexionar sobre lo que me rodea y, en cierto modo, me atrae.
      Lo de escribir todos esos pensamientos ya hace tiempo que me sedujo. Se cumple ya casi medio año en este crisol y se ha pasado volando y en compaía. El sentarse ante un ordenador y liberar los dedos al teclado es una personal reivindicación de sociedades pasadas y tertulias de café que ya se han perdido en la memoria y que nunca debieron olvidarse. En los círculos donde me muevo, lo normal es desarrollar las conversaciones hacia temas muy triviales balompédicos o de chismorreos catódicos. Es muy fácil debatir sobre si fue penalti la jugada en cuestión o si es verdad el romance de la protagonista de turno. Todos estos temas son siempre eclipsados por el sugerente asunto de la seducción recíproca que a todos nos posee desde que descubrimos que los chicos y las chicas nos sonrojamos ante estímulos muy parecidos y es que, en el fondo, no somos tan distintos como queremos creernos.
      Esto, por fortuna, no es del todo cierto, pero no ando muy desacertado en que

      añoro esas películas de los años setenta en los que se sentaban alrededor de una mesa las señoras tomando té, mientras a su lado los varones las cortejaban y discernían sobre la importancia del amor, la política o las conductas filosóficas.

      Ahora que pienso en esto, cuando destapamos los velos de la frivolidad, pueden aparecer esos momentos de tertulia. El momento propicio puede ser alrededor de las cuatro de la mañana, cuando una banda de enfermeros/as decide sentarse alrededor del control de enfermería y destapar la caja de los truenos para decidir hablar seriamente sobre diversos asuntos de la vida. Ayer mismo, aunque no a esas horas impropias, se produjo un corrillo interesante, en el que sólo dos personas debatíamos sobre la fuerza opuesta de los caracteres diferentes y la necesidad de adaptarse o luchar ante las adversidades.
      Generalmente soy más oyente que parlante. No suelo hablar más que para soltar el comentario divertido o la versión sorprendente del asunto y distender el caldeado ambiente cuando la temperatura no hace más que subir. Envidio por ello a mis compañeros, pero creo que, incluso de ese modo, aporto algo importante a las charlas.
      La reflexión sobre lo que hablamos la dejo para después y por eso

      me encanta rumiar el asunto en cuestión, quedarme con lo que, a mi juicio, es aprovechable y descartar lo demás por innecesario. Sentarme en casa o en un café y dar rienda suelta a todo lo que dejé pendiente en la conversación, en una búsqueda de posturas universales que al final me ayudan a forjarme.

      Mi compañera tiene un corazón enorme y precioso que suele esconder bajo un carácter rocoso y perenne que le impide mostrarlo a los que no usan las gafas adecuadas. Yo pertenezco al otro grupo. Conciliador y enemigo del conflicto. Siempre creí que aun cuando claramente has salido perjudicado en las relaciones interpersonales, puede haber una justificación a todo que te permita entender el porqué del comportamiento del otro, a si era o no comprensible su reacción. Por supuesto eso hace que me golpee con muchos muros a diarios, pero la palabra rencor hace tiempo que no la uso y, espero nunca hacerlo. ¿Empatía? ¿Estupidez? Me da igual. Me gusta tener ese toque de ingenuidad y elegir mi propio camino.
      Esta chica tenía un conflicto con otra persona con un carácter semejante a ella y no veía reconciliación posible entre las dos. Intenté que se pusiera en la misma tesitura que la otra y, por un instante, llegó a comprenderla pero no conseguí limar las asperezas existentes. Muy productiva una conversación de unos veinte minutos en los que nuestra complicidad hizo que, aun discutiendo sobre dos puntos de vista muy opuestos, nunca se elevara la voz lo más mínimo y disfrutáramos con ello.
      ¿Y para que sirvió todo este entramado de línea absurdas y carentes del más mínimo sentido lingüístico y de estilo? Pues para proponerles una pequeña cosa para este año que empieza.

      Intentemos que, cuando el enfado y la agresividad nublen nuestra vista ante los numerosos conflictos personales que nos inundarán en este nuevo año, nos pongamos, por un momento pequeñito, en el lugar del otro y tratemos de comprender los motivos que le llevaron a ello. Busquemos un poquito de cordialidad entre todos y vayamos de la mano hacia otro tipo de sociedad menos estúpida. Como dice un filósofo de la canción de nuestro tiempo: “Que para la guerra tenemos a Bush, para la paz estamos los voluntarios…”. Es más sencillo de lo que creemos y a mí me funciona. Parezco un tele predicador o algo por el estilo pero no les pienso pedir dinero a cambio y sí les regalo este pensamiento para aquel que quiera cogerlo. Con que uno lo haga ya ha valido la pena.

      En fin. Ese fue mi toque de ingenuidad por hoy. Comienzo de año, buenos propósitos y felicidad virtual para todos.