El miedo en tu cabeza
      Muchas veces me preguntan los familiares de los enfermos ingresados en la unidad de cuidados intensivos acerca del estado de sus padres, hermanos o hijos. Esperan una respuesta cómplice que les ayude a superar el duro trago. Una pequeña dosis de esperanza para combatir la terrible evidencia.
      El tiempo y la experiencia han ayudado a los que estamos uniformados a enmascarar nuestros auténticos sentimientos y desarrollar una preparada expresión seria y cálida que, en algunos momentos, es capaz de serenar los ánimos de los que necesitan muestro apoyo, alejándoles del sufrimiento que supone el tener frente a ti a un ser querido en esos momentos tan delicados.
      Los más difíciles de convencer son siempre los padres. Más que nada porque uno siente empatía al conocer lo tremendo que tiene que ser el ver al ser por el que serías capaz de dar tu vida en un estado crítico. Te miran a los ojos y tus trampas caen por sí solas. Tanto en los momentos difíciles como en aquellos esperanzadores. No hay forma de encubrir esa latente realidad.
      Pero que pasa cuando te sientes directamente implicado en el proceso. Cuando ves a tu madre o tu hermana buscando respuestas que difícilmente puedes encontrar y que se confunden con tus propias preguntas. Que hacer en esos momentos en los que te golpeas de frente con la temida realidad.
      Desde hace algún tiempo reclamo esas respuestas e intento racionalizar mis miedos. Por deformación profesional soy consciente del desarrollo evolutivo del ser humano, de los altibajos que te ofrece la vida y que todo ciclo se ha de cumplir para que la vida continúe su curso. Acepto los achaques de realidad que, poco a poco, empiezan a aparecer en el horizonte y hay días, como el de hoy, en que sientes miedo.
      Analizando los datos de los que dispongo sólo tengo señales para espantar a los fantasmas. Son simples indicios, nada concluyentes, y poco tajantes, pero las miles de excusas que distribuyo entre los que me rodean se tambalean cada vez que decido tumbarme sobre la almohada. Allí todos los miedos te azotan sin piedad y deseas que empiece tu programa de radio preferido para ausentarte un instante de esas ideas.
      Quizás sea por ver el sufrimiento ajeno en una querida compañera con un desenlace cruel e innecesario en estos días que nos rodean. El ver como, en una triste semana, todo lo que conoces cambia radical y definitivamente a una nueva e imprecisa realidad. El buscar entre tu catálogo de frases hechas una que sirva de consuelo y no encontrar nunca la adecuada.
      Pero viene entonces de nuevo esa sensación que te provoca síntomas tan imprecisos como el uso continuo de la tecla borradora del teclado o ese temblor nervioso de los dedos al acercarse al teclado. La limpieza frecuente de las gafas o la cancelación de la música del reproductor Mp3.
      Uno más uno nunca suman dos en la medicina. Mi padre ya ha pasado la edad recomendable para que uno lo empiece a considerar como un maduro galán. Está en esa etapa de la vida donde, cada vez con más frecuencia, los achaques lo acosan y le empiezan a atar a sus temores.
      Se avecinan curvas. Espero tener una buena suspensión en este camino que aun queda por recorrer.


Soy David. O mejor sinsangre. Ya entre en la edad que te obliga a buscar metas en tu vida o a perderla para siempre. Esposo, Papá, Hijo, hermano. Muchas cosas para una sola persona.
Trabajo en un hospital de tantos, Vivo en una isla maravillosa (Gran Canaria, no aceptamos Las Palmas), leo, voy al cine, escucho música. Como todos, pero con mi toque personal. Léeme y ya me conocerás mejor.
El Neumococo Chochiflán dijo
Mucha suerte en el camino. Ojalá tuviera un todo terreno para regalarte, pero los baches nos llegan a todos.
11 Abril 2006 | 12:53 PM