No soy una persona muy devota a las creencias religiosas. Con el paso de los años, la desilusión hacia las instituciones que guían a las masas de fieles ha provocado en mi un cierto rechazo hacia todo lo relacionado con la devoción. Por otro lado, este desencanto y la búsqueda de respuestas han forjado en mí unas creencias propias compuestas por la suma de varias experiencias, la lectura indiscriminada de todo tipo de informes y la simple curiosidad que todos llevamos, o deberíamos, dentro.
      A pesar de todo, y sin salir de los dogmas religiosos, hay algunos de ellos que me fascinan y me atraen. Todo lo relacionado con Jesús merece, aunque sólo sea por su importancia histórica, algo de atención por el que les escribe. Las luchas santas, la poderosa fuerza que lleva a aquellos desesperanzados a confiar en algo… y los ángeles de la guardia.

      Son esos seres que, al parecer, nos acompañan para asesorarnos a tomar las decisiones correctas en nuestra vida. Nuestra vocecita interior, Nuestro Pepito Grillo. No te impiden actuar, ya que uno es libre de ejercer su vida como le plazca, pero están ahí dando su punto de vista. Algunos lo llaman conciencia.

      Además de eso, y en cierta medida más importante y soporte de esta historia que llevaba ya tiempo dormida en la memoria, los ángeles de la guardia nos protegen. Podríamos llamarlo suerte, o casualidad. Incluso cualquier adjetivo racional que nos venga a la cabeza. Pero tampoco hay que descartar la presencia de esos seres que nos rodean y que, los que quieran hacerlo, los pueden notar.
      Veamos unas fotos:

      Domingo, 16 de Julio.
8:45 de la mañana
      Vuelvo a casa del trabajo. Regreso a despertar a Janet después de una larga jornada y, para facilitarle el descanso, decido tomarme las cosas con calma. Esta vez prefiero no ir demasiado rápido y disfrutar con un poco de música mientras noto el aire fresco contra mi cara.
      Alguien decide cambiar de carril en el momento menos apropiado. No se da cuenta de que estoy detrás, a escasos metros y que no hay tiempo material para reducir la marcha.
      Un volantazo.
      Unas vueltas de campana.
      Un tiempo escaso que pareció eterno.

      El culpable no paró, siguió su trayectoria sin importarle que, un poco más atrás, sinsangre yacía bocabajo en el coche, empapado en lágrimas y jadeando ante lo sucedido..

      Las sensaciones no se olvidan. Ver cómo en breves segundos tu vida se va y no puedes impedirlo. Comprobar cómo, a pesar de todo, has salido completamente ileso del suceso. Vagar a lo largo de la carretera y comenzar a recoger tus pertenencias, las sandalias de tu niña.

      No encuentro explicación al por qué salí de esa situación sin el más mínimo rasguño. La razón me indica que la moderada velocidad, el cinturón de seguridad y las barras de protección del vehículo formaron una barrera que impidió a la inercia destrozar mi asustado cuerpo.
      Pero yo acudo a una explicación más mística. Alguien decidió que no era mi momento. Alguien quería que, cuando descolgara el teléfono y oyera la vocecita de la preciosa valvucear: Papi te quero bucho, se me saltaran las légrimas irremediablemente. Alguien quiso que el abrazo de mis padres al verme fuera tan intenso que, aun ahora, me tiemblen los dedos al tratar de recordarlo. Alguien quiso que, al mirar a los ojos de Janet, se me estremeciera cada uno de los huesos del cuerpo y que sintiera cómo sobran las palabras en momentos tan duros como ese reencuentro.
      No dan nada por el coche. Duele seguir pagándolo, pero es lo de menos.
      He descubierto, ahí escondido, a un pequeño ángel de la guardia que quiso protegerme en esos momentos tan difíciles.

Me parece que estoy oyendo de fondo unas campanillas.