Ascensores
      Me resulta divertido entrar dentro de los ascensores.
      La sensación de estar por completo encerrado en un recipiente tan pequeño es, cuanto menos graciosa. Y es que no hay más que mirar a tu alrededor para comprobar que te encuentras inmerso en un ecosistema, un microcosmos limitado por esas paredes que se mueven a menor velocidad de la que todos quisiéramos en esos momentos.
      Por supuesto que no siempre ha sido así. Digamos que hace apenas dos años atrás la cosa era bien distinta, pero con una pequeñaza en el mundo el asunto de los ascensores se empieza a tomar ahora de otra manera. Les pondré un ejemplo:
      Encerrado en medio de esa jaula se encuentran seis o siete personas mirando hacia los lugares más insospechados del recinto, techo, paredes o relojes y demás trivialidades. El ruido del movimiento ascendente corta la escasa respiración que nos llega a nuestros pulmones y, en medio de ese caos, la niña se pone a saltar y a decir “guapa” u “hola” de la manera más natural posible, sin que medie ninguna traba social en su interior y a lo que la gente responde con una sonrisita forzada y nerviosa. Es genial la espontaneidad del los pequeños. O ver como, si son más de uno, se saludan, besan y, llegados al caso, comienzan a jugar como si se conocieran de toda la vida. A mi me resulta envidiable esa facilidad de comunicación que todos hemos perdido.
      Es a partir de ese momento cuando uno empieza a divertirse encerrado en esas cajas. Es más, ya no se me antoja necesaria la presencia de la pequeña y empiezo a actuar en esas situaciones como si con ella me encontrara. Me adentro en los ascensores y comienzo a mirar una a otra las expresiones de los que allí se encuentran para confirmar lo límite y desconcertante de la forzada situación. Nos sentimos aprisionados en el lugar, deseando que se señale nuestro número en el indicador de la planta para salir corriendo de esa situación, de la misma manera de que si estuviésemos en una película de los hermanos Pang
. Rara es la vez que dejo de esbozar una sonrisilla que, en ocasiones termina por delatarme y es que la situación es absurda.
      No dejo de reconocer que yo, por regla general, soy un ser antisocial y limitado en cuanto hablamos de habilidades comunicativas. En eso envidio a Janet. Las pasadas vacaciones no había día en la que entablara una conversación fluida con la primera persona que entrase a la piscina con ella o se sentara en la hamaca de al lado mientras yo me limitaba a revolverme en la piscina con Patricia y a contestar con simples y secos afirmativos a los demás bañistas que se interesaban por la simpatía de la pequeña. Yo no soy buen orador, al menos al principio.
      Pero sigo con los ascensores y nuestro comportamiento. Es muy divertido y a la vez estúpido. Y no me refiero a mi nueva capacidad de divertirme en su interior Que es lo nos pasa en los espacios cerrados que degeneramos en una especie de marionetas o autómatas. Algunos, con suerte, cuando entran despistados reciben los buenos días, pero la norma general es la de pasar lo más desapercibido posible en un lugar propicio para el contacto interpersonal. Aparte del tiempo, se podría aprovechar esos treinta segundos para saludar a compañeros de compras o de otras plantas del hospital y, quien sabe, descubrir que estamos frente a nuestro deseado amigo del alma o el siguiente enemigo en la cadena. Nunca lo sabremos porque preferimos comprobar como apenas ha variado la hora del reloj o cómo el flequillo se mantiene igual de mal que cuando salimos de casa. En cierta ocasión leí por ahí que la suerte en la vida había que buscarla y que la mejor forma de encontrarla era hablando con desconocidos de cualquier tema por si encontráramos en ella lo que necesitábamos para impulsar adelante nuestra mala fortuna.
      En cierta ocasión recuerdo como, tras pararse el ascensor en medio de dos plantas en un centro comercial, me atreví a comentar que era el mejor lugar donde podíamos estar porque, al menos, había dos carros de comida al completo. Lo que a mí me pareció un comentario divertido, al resto de los que allí estaban les pareció así como si quisieran usar mi cabeza como ariete para salir de la situación. Como si fuera así de sencillo y no comprendieran que, de ninguna manera, nuestros actos podían beneficiarnos en salir de allí. Cinco minutos interminables en los que los tics nerviosos de los que allí se encontraban dejaron de ser tan divertidos como en los trayectos normales.
      Eso fue un caso excepcional y puedo llegar a entender la tensión del momento, los nervios y la claustrofobia que ocasionan la falta de aire y las ganas de salir de allí. En trayectos normales, como lo son el 98% (estadística inventada) de los trayectos,.los ascensores pueden llegar a ser lo divertidos que uno quiera. Y si no hagan la prueba para comprobarlo y si les gusta el resultado, extiéndanlo a todos aquellos lugares en donde uno se ve obligado a compartir trayecto. Aviones, colas de espera…Somos seres humanos con una habilidad innata para comunicarnos y a veces no distamos demasiado de un ejército de clones autómatas que nada tiene que envidiar a los peces de una pecera.


Soy David. O mejor sinsangre. Ya entre en la edad que te obliga a buscar metas en tu vida o a perderla para siempre. Esposo, Papá, Hijo, hermano. Muchas cosas para una sola persona.
Trabajo en un hospital de tantos, Vivo en una isla maravillosa (Gran Canaria, no aceptamos Las Palmas), leo, voy al cine, escucho música. Como todos, pero con mi toque personal. Léeme y ya me conocerás mejor.
jotaluis dijo
Excelente. Yo tengo un amigo que se propone diariamente entablar conversación con 6 desconocidos (rey del networking). En cuanto a los ascensores y a los niños supongo que por no están a un viciados de experiencias ajenas para que se genere la fobia (tú sabrás más de eso) pero es cierto que habría que pensar que nos lleva a tratar al más prójimo como un obstáculo,, por que eso es lo que pensamos en el ascensor, que el pájaro de tu lado te está robando el aire (me imagino que a la altura de los niños hay más aire, y no hay otras cabezas)
25 Septiembre 2006 | 02:30 PM