21 Julio 2006
      No soy una persona muy devota a las creencias religiosas. Con el paso de los años, la desilusión hacia las instituciones que guían a las masas de fieles ha provocado en mi un cierto rechazo hacia todo lo relacionado con la devoción. Por otro lado, este desencanto y la búsqueda de respuestas han forjado en mí unas creencias propias compuestas por la suma de varias experiencias, la lectura indiscriminada de todo tipo de informes y la simple curiosidad que todos llevamos, o deberíamos, dentro.
      A pesar de todo, y sin salir de los dogmas religiosos, hay algunos de ellos que me fascinan y me atraen. Todo lo relacionado con Jesús merece, aunque sólo sea por su importancia histórica, algo de atención por el que les escribe. Las luchas santas, la poderosa fuerza que lleva a aquellos desesperanzados a confiar en algo… y los ángeles de la guardia.
      Son esos seres que, al parecer, nos acompañan para asesorarnos a tomar las decisiones correctas en nuestra vida. Nuestra vocecita interior, Nuestro Pepito Grillo. No te impiden actuar, ya que uno es libre de ejercer su vida como le plazca, pero están ahí dando su punto de vista. Algunos lo llaman conciencia.
      Además de eso, y en cierta medida más importante y soporte de esta historia que llevaba ya tiempo dormida en la memoria, los ángeles de la guardia nos protegen. Podríamos llamarlo suerte, o casualidad. Incluso cualquier adjetivo racional que nos venga a la cabeza. Pero tampoco hay que descartar la presencia de esos seres que nos rodean y que, los que quieran hacerlo, los pueden notar.
      Veamos unas fotos:

      Domingo, 16 de Julio.
8:45 de la mañana
      Vuelvo a casa del trabajo. Regreso a despertar a Janet después de una larga jornada y, para facilitarle el descanso, decido tomarme las cosas con calma. Esta vez prefiero no ir demasiado rápido y disfrutar con un poco de música mientras noto el aire fresco contra mi cara.
      Alguien decide cambiar de carril en el momento menos apropiado. No se da cuenta de que estoy detrás, a escasos metros y que no hay tiempo material para reducir la marcha.
      Un volantazo.
      Unas vueltas de campana.
      Un tiempo escaso que pareció eterno.
      El culpable no paró, siguió su trayectoria sin importarle que, un poco más atrás, sinsangre yacía bocabajo en el coche, empapado en lágrimas y jadeando ante lo sucedido..
      Las sensaciones no se olvidan. Ver cómo en breves segundos tu vida se va y no puedes impedirlo. Comprobar cómo, a pesar de todo, has salido completamente ileso del suceso. Vagar a lo largo de la carretera y comenzar a recoger tus pertenencias, las sandalias de tu niña.
      No encuentro explicación al por qué salí de esa situación sin el más mínimo rasguño. La razón me indica que la moderada velocidad, el cinturón de seguridad y las barras de protección del vehículo formaron una barrera que impidió a la inercia destrozar mi asustado cuerpo.
      Pero yo acudo a una explicación más mística. Alguien decidió que no era mi momento. Alguien quería que, cuando descolgara el teléfono y oyera la vocecita de la preciosa valvucear: Papi te quero bucho, se me saltaran las légrimas irremediablemente. Alguien quiso que el abrazo de mis padres al verme fuera tan intenso que, aun ahora, me tiemblen los dedos al tratar de recordarlo. Alguien quiso que, al mirar a los ojos de Janet, se me estremeciera cada uno de los huesos del cuerpo y que sintiera cómo sobran las palabras en momentos tan duros como ese reencuentro.
      No dan nada por el coche. Duele seguir pagándolo, pero es lo de menos.
      He descubierto, ahí escondido, a un pequeño ángel de la guardia que quiso protegerme en esos momentos tan difíciles.
Me parece que estoy oyendo de fondo unas campanillas.
servido por sinsangre
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11 Abril 2006
      Muchas veces me preguntan los familiares de los enfermos ingresados en la unidad de cuidados intensivos acerca del estado de sus padres, hermanos o hijos. Esperan una respuesta cómplice que les ayude a superar el duro trago. Una pequeña dosis de esperanza para combatir la terrible evidencia.
      El tiempo y la experiencia han ayudado a los que estamos uniformados a enmascarar nuestros auténticos sentimientos y desarrollar una preparada expresión seria y cálida que, en algunos momentos, es capaz de serenar los ánimos de los que necesitan muestro apoyo, alejándoles del sufrimiento que supone el tener frente a ti a un ser querido en esos momentos tan delicados.
      Los más difíciles de convencer son siempre los padres. Más que nada porque uno siente empatía al conocer lo tremendo que tiene que ser el ver al ser por el que serías capaz de dar tu vida en un estado crítico. Te miran a los ojos y tus trampas caen por sí solas. Tanto en los momentos difíciles como en aquellos esperanzadores. No hay forma de encubrir esa latente realidad.
      Pero que pasa cuando te sientes directamente implicado en el proceso. Cuando ves a tu madre o tu hermana buscando respuestas que difícilmente puedes encontrar y que se confunden con tus propias preguntas. Que hacer en esos momentos en los que te golpeas de frente con la temida realidad.
      Desde hace algún tiempo reclamo esas respuestas e intento racionalizar mis miedos. Por deformación profesional soy consciente del desarrollo evolutivo del ser humano, de los altibajos que te ofrece la vida y que todo ciclo se ha de cumplir para que la vida continúe su curso. Acepto los achaques de realidad que, poco a poco, empiezan a aparecer en el horizonte y hay días, como el de hoy, en que sientes miedo.
      Analizando los datos de los que dispongo sólo tengo señales para espantar a los fantasmas. Son simples indicios, nada concluyentes, y poco tajantes, pero las miles de excusas que distribuyo entre los que me rodean se tambalean cada vez que decido tumbarme sobre la almohada. Allí todos los miedos te azotan sin piedad y deseas que empiece tu programa de radio preferido para ausentarte un instante de esas ideas.
      Quizás sea por ver el sufrimiento ajeno en una querida compañera con un desenlace cruel e innecesario en estos días que nos rodean. El ver como, en una triste semana, todo lo que conoces cambia radical y definitivamente a una nueva e imprecisa realidad. El buscar entre tu catálogo de frases hechas una que sirva de consuelo y no encontrar nunca la adecuada.
      Pero viene entonces de nuevo esa sensación que te provoca síntomas tan imprecisos como el uso continuo de la tecla borradora del teclado o ese temblor nervioso de los dedos al acercarse al teclado. La limpieza frecuente de las gafas o la cancelación de la música del reproductor Mp3.
      Uno más uno nunca suman dos en la medicina. Mi padre ya ha pasado la edad recomendable para que uno lo empiece a considerar como un maduro galán. Está en esa etapa de la vida donde, cada vez con más frecuencia, los achaques lo acosan y le empiezan a atar a sus temores.
      Se avecinan curvas. Espero tener una buena suspensión en este camino que aun queda por recorrer.
servido por sinsangre
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6 Abril 2006
      Parece ser que las arcas ministeriales de la dirección general de tráfico española no llegan a los resultados esperados después de la implantación de medidas contra los conductores que usan el teléfono móvil al volante, por lo que el siguiente objetivo será el estigmatizado colectivo de los fumadores y sus peligrosos actos a manos de los automóviles. Buscar la disponibilidad de tabaco, encender el mechero e iniciar las caladas será considerado peligroso por esta institución.
      Personalmente me da igual, lo único que me fastidia de este colectivo es la forma que tienen de limpiar sus ceniceros y, por suerte, yo no entro dentro del retrato robot de los futuros perseguidos. Aun así me divierte la forma de pensar de los encargados de vigilar por nuestra seguridad en la carretera.
      Inicialmente las medidas de seguridad eran básicas y, en cierto modo, comprensibles por cualquiera que tuviese un mínimo de cordura. Disponer de luces de emergencia para fallos inoportunos en el sistema de alumbrado, usar correctamente el cinturón de seguridad y casco en las motos, disminuir la tasa de alcohol en sangre de los inconscientes bebedores… Todo correcto y asumible, a pesar de que quien más o quien menos hemos infringido esas normas en más de una ocasión y nos lamentamos por ello.
      Pero, no contentos con el resultado, atacaron a cierto sector de desaprensivos al volante. Concretamente a aquellos que usan el teléfono durante sus trayectos. Sólo a cierto sector, ya que los que se podían costear un funcional dispositivo de manos libres quedaban exentos de la medida. En un alarde de ingenuidad, utilicé uno de esos sistemas gratuitos que promocionan una marca de refrescos y, sinceramente, lo encontraba más peligroso que llevar el teléfono pegado a la oreja. Las posturas necesarias para oír y que te oyeran eran un puro acto de contorsionismo. Y es que el privilegio de llevar estos sistemas se destinaba sólo a unos pocos.
      No quiero ser malinterpretado. Soy consciente de que llevar una conversación y conducir no es lo más correcto. Vemos a diario las imprudencias que se cometen, sobretodo en suelo urbano, pero también ese tipo de infracciones se producen en las más diversas situaciones cotidianas que vemos a diario.
      Habría que prohibir, entonces: Llevar la radio encendida, comer un chupachups, viajar con niños inferiores a cinco años, viajar con adultos que ya tengan carnet de conducir, pasear a tus suegros,
colocar un Elvis o un Neng en el salpicadero, prohibir a las chicas explosivas y a los metrosexuales pasear por las calles…
      Lo de la radio trae sus matices. Ya más de una vez he reconocido que tras escuchar según que programa de radio he tenido el arriesgado instinto de dar un volantazo y lanzarme de cabeza contra los carriles contrarios, cerrar los ojos y aliviarme del sufrimiento que supone su escucha. Alguna que otra columna da fe de ello.
      Al fin de cuentas, si lo que quieren es recaudar más dinero con estas medidas no sería del todo descabellado encontrarte un día de estos con controles policiales en los que se vendan boletos para un sorteo de una cesta de navidad o una participación de lotería. Sería hasta divertido y les cogeríamos simpatía a estos individuos.
      Querrán el dinero para financiarse las gafas de sol.
      De todos modos, me quedo tranquilo con todo lo que se refiera a este asunto. No he fumado nunca ni creo que inicie el hábito a estas alturas. Aunque cuando pasan los coches tuneados a doscientos treinta y ocho kilómetros por hora rozándote los espejos retrovisores y compruebas que en el asiento del copiloto tienes un papelito sancionador con sesenta euros por conducir con el teléfono en la mano, me entran ganas de echar alguna caladita a los conocidos cigarros de la risa.
servido por sinsangre
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3 Abril 2006
      Este pasado viernes fui con dos compañeros de trabajo a disfrutar de una estimulante noche de emociones fuertes, en la que se entrecruzaron en un mismo punto personajes extraños, escritores de culto y algún que otro despistado que no calculó bien el lugar en donde se metía.
      Encuadrado dentro de La noche más Freak, se congregaron en unos conocidos multicines de Las Palmas los amantes de las emociones fuertes, de las producciones innovadoras, alternativas y provocadoras de algunos de los especialistas en el género. Por un módico precio, podía el espectador disfrutar de las paranoias habituales de Takashi Miike, de una gamberrada británica de Jack West y de varios e interesantes cortos de temática parecida.
      El plato fuerte era Gozu, una historia fantástica en la que se entremezclaban yakuzas con fantasmas nipones, sexo con venganzas y las demás constantes del provocador japonés que ejercía un breve cameo/homenaje en la aburrida y promocionada Hostel.
      Lo que pasó esa estupenda noche hizo que aparcara por unos momentos una ácida historia que tengo en mente para compartir de una manera muy elemental las sensaciones experimentadas en aquella concurrida sala.
      Verán. Soy un aficionado al cine. Eso ya se intuía. Soy de aquellos que no deja pasar una oportunidad para ver una película, sin poner trabas al género o la temática que se proyecte. Con el tiempo he modulado mis gustos hacia todo aquello que proviene de oriente y, más concretamente, a todo aquello que me haga pasar miedo, aunque cada vez resulta más difícil conseguirlo.
      El caso es que desde que nació la pequeña, mis salidas a las salas se han reducido en un 99%, escogiendo el mercado doméstico para poder apreciar ahora de las películas. Esto supuso que, estando ya en el coche, un cierto nerviosismo comenzara a recorrer mi cuerpo. Una sensación parecida a la que sienten los pequeños cuando abren los regalos. Pura desesperación por empezar cuanto antes.
      Al llegar al lugar, encuentro a mis compañeros hablando plácidamente con un locuaz interlocutor. Hablaban de cine y se centraban, en concreto, en las maravillas de festivales de género como el que cada año nos regala la ciudad catalana de Sitges. La conversación iba desde la última película de Jonhy To hasta la afluencia masiva de público a ver a autores de la talla del que tocaba esa noche. Pero de pronto, el personaje comenta, ruborizado, la vergüenza que le daba sentarse en las mesitas apropiadas para la firma de libros.
      Golpeadas mis neuronas al descubrir ante mí al autor de uno de los libros más buscados y jamás encontrados por sinsangre en las librerías canarias, empiezo a acosar a preguntas a Eduardo Serradilla y no cedo en mi asombro ante la amabilidad y el entusiasmo con el que correspondía a mi inusitada locuacidad. Quede en un estado parecido al shock al recibir el número de teléfono de una publicación ansiada por mí, especializada en cine asiático, directamente del móvil del autor.
      Seguimos con las emociones. Tener contactos siempre fue bueno. Un pajarito nos silbó la puerta de entrada por la que acceder antes que nadie a la sala y nos posicionamos de acuerdo a ello. Cual fue nuestro asombro al descubrir las cámaras de televisión estratégicamente colocadas para captar la cara de los primeros freaks de la noche. Para encontrar un ejemplo clarificador, vean cualquier telediario a la hora del almuerzo los días siete de enero. Nuestra cara de sangrientos bichos extraños quedó aplacada por la luz cegante de los flashes. Aunque, afortunadamente, el rubor se nos quitó al observar los barriles de cerveza que tenían reservados para los amantes de ese tipo de cine. Un sueño. Películas sangrientas, cerveza, ¿Qué más podíamos pedir?. Como son, siempre buscando más.
      Sentados en la butaca y tras un retraso innecesario por la espera del anfitrión de la noche, Jesus Palacios, comienza la presentación del evento y nos comunican que, para los más trasnochados, habrá una sorpresa final.
     
Empieza la emisión, comienzan los cortometrajes, y entra en acción un yakuza obsesionado con un perro yakuza. Impagable la secuencia. Continúa con una bizarrada digna de una sesión golfa y escatológica y termina con uno de los prodigios visuales más imaginativos que recuerdo ver en una película: Un curioso, repulsivo e impresionante alumbramiento. Al contemplar a los incautos levantarse de la sala para huir despavoridos no caí en la cuenta de que el montaje de la película se había visto notablemente alterado y que se habían comido unos ochenta minutos de la misma. Protestas varias, promesas al aire y paso a la siguiente.
     
Evil Aliens, cinta gore en la que unos alienígenas de trapo deciden implantar sus pequeñas criaturas en el abdomen de una mujer y, de paso, cortar varias cabezas, sacar tripas y los demás estándares del género. Muy mala, pero encantadoramente divertida. Es lo que tiene el hacer una película con cuatro euros y ganas de pasarlo bien.
     
Finalmente la sorpresa grata. Nos proponen una película antigua: El secreto del Dr. Hitchkoch, en la que se relata los gustos seudonecrófilos del médico en cuestión. Maravillosa, pero fuera de lugar, y es que tras haber contemplado como sacaban ojos, degollaban mujeres encintas o arrancaban uñas, unos muertos comos los de antes, a las cuatro de la mañana, se hacían ya pesaditos.
      En fín, acabamos la sesión y nos congratulamos de lo vivido, deseando repetir ya la experiencia el año que viene. Y es que una noche Freak es lo que tiene. Bichos raros y noctámbulos.
servido por sinsangre
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30 Marzo 2006
      Recientemente leí un artículo en el periódico acerca de la importancia que tiene la lectura en la educación de nuestros hijos y la directa relación que existe entre la falta de estímulo escrito y la actual violencia que con tanta frecuencia vemos en los informativos televisados.
      Que, en resumidas cuentas, aquellos que dedican su tiempo a hacer barbacoas en los cajeros automáticos, a mandarse mensajes multimedia con canciones de jarabe de palo o a decidir que los despidos improcedentes de los jóvenes galos no son del todo correctos, estan condicionados única y exclusivamente por la falta de un buen libro entre manos.
      ¡Qué sencillo parece todo entonces! Es más. No creo que sea necesaria tanta alarma ante una situación como ésta.
Al fin y al cabo, las nuevas generaciones corregirán el problema, transformando a los malos en sapos o haciendo los más extraños conjuros, emulando así a su tan leído héroe de la cicatriz en la frente. Pasaremos de una sociedad propia de las películas de Kinji Fukasaku a un nuevo sistema idílico en el que los jóvenes entonarán canciones de los teletubbies.
      Eso es lo que tienen las estadísticas. Se proponen una o dos hipótesis convencionales y políticamente correctas, se pregunta a una pequeña parte de la población (escogida al “azar”) aquello que queremos que nos responda y así conseguimos nuestra cuota mínima en pantalla, nuestro minuto de gloria y unas palmaditas en la espalda. Lo más afortunados incluso ganarán dinero con ello.
      Cuando tenga algo de tiempo haré una de esas encuestas. Preguntaré a la población enigmas del estilo: “¿Te has criado sólo en casa frente al televisor o tus padres estuvieron contigo en aquellos momentos?” o otra así como: “¿Qué opinas de aquellos padres que, sintiendose culpables, compran a sus hijos todos y cada uno de sus caprichos?”. A lo mejor va y consigo hacerme rico con una cosa tan sencilla.
      Al fin y al cabo, si le damos a un niño lectura del tipo “American Psycho” y no le enseñamos a tener una visión crítica sobre aquello que recae en sus manos, podemos moldear a una maquina sedienta de sangre y dispuesta a partirnos por la mitad a las primeras de cambio con una espada samurai. Quizás me esté inventando muchas suponeres. Vamos, que me siento más seguro en un cine al lado de un niño, sentado con sus padres, en el que repongan una película de Takashi Miike antes que pasar al lado de un niño solitario jugando a la consola portátil en la puerta de una iglesia.
      La base de todo está en el cariño que le damos a nuestros hijos. En ofrecerles una educación adecuada a la edad que tengan y no agobiarles con un reparto de tareas tan extenso como el que nos toca vivir a los mayores. Entre los estudios y las actividades extraescolares no les damos tiempo a que se diviertan jugando un poco con lo que sea y les estamos llevando de cabeza a Macro a comprar cajas de benzodiacepinas.
      Quizás si nos olvidáramos un poco de esta espiral de consumismo en la que estamos inmersos, podríamos dedicarle algo más de tiempo al cuidado de nuestros chavales y menos a los quehaceres que nos mandan en la oficina. Sustituir el tiempo de estres cotidiano por jugar con nuestra pequeña una partidita a la PlayStation.
      Que sea la madre o el padre el encargado de sacrificarse para conseguir este regalo para nuestros hijos es una decisión del todo personal. Pero, al fin y al cabo, tengo claro que la otra alternativa supone el verdadero y único sacrificio.
      Gracias a la maestría de adastra, empiezo a ilustrar algunos de los artículos con pequeñas viñetas relacionadas con los mismos.
servido por sinsangre
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24 Marzo 2006
      Los seres humanos tenemos la habilidad de relativizar, con cierta facilidad, la edad de los compañeros con los que nos relacionamos habitualmente. En el momento en que uno se sienta a ver la televisión con un grupo de chavales, o se pone ante los mando de las videoconsolas de nueva generación, termina disfrutando tanto o más que ellos viendo las andanzas de sus amigos virtuales y matando a los increíbles seres que se acercan a ti con malas intenciones. Al fín y al cabo, que puede haber más divertido que ver a un oso de dos metros mover la cabeza rítmicamente al son del cha cha cha. Del mismo modo, basta que uno comparta la mesa con generaciones anteriores a la tuya para que se sienta partícipe de esa serenidad y experiencia que nos invita a mimetizarnos entre sus vivencias y sufrimientos pasados, su carencia de verdadera libertad y su falta de alimentos prefabricados. Asimilamos sin ningún tipo de rubor lo mal que lo pasaron nuestros padres en la época franquista sin que hayamos padecido en ningún momento en nuestra corta experiencia situaciones semejantes a la pasada dictadura.
      No lo hacemos conscientemente, pero nos adaptamos a nuestro entorno y olvidamos los años con los que la naturaleza nos ha obsequiado.
      En este punto uno se siente traicionado cuando descubre que realmente es más viejo de lo que deseara. Sin llegar a dramatizar, el tiempo pasa por delante tan rápido que uno deja de ser capaz de asimilarlo como debiera. Supongo que, tras el nacimiento de Patricia, los minutos de mi vida han dejado de tener auténtico sentido al ver como, apenas unos meses atrás, era incapaz de ponerse de pie y, ahora, uno no pueda despistarse sin que suba por las escaleras, abra cualquier tipo de armarios o no deje de chantajearme con inesperadas perretas con las que nos ameniza en esos reuniones sociales tan inoportunas.
      Dos momentos en pocas horas me han servido como notificación de lo que significa cumplir años. En el primero de ellos, una de nuestras compañeras de trabajo, de la que estaba seguro pertenecía a mi generación, me confirmaba que alcanzaba el domingo sus veinticinco años (lejos ya de mis treinta actuales). Mi cara aun se resiente de la sorpresa y, en parte, de la envidia que aquello suponía. Por otro lado, el tararear sin atisbo alguno de duda, las canciones de un álbum recopilatorio reciente sobre lo mejor de la música negra, me trasladó a mi pasada época de inocente botellón con el que tantos bueno momentos pasamos algunos y yo y que lejos queda ya en la memoria.
      El caso es que los años pasan. Y el tiempo de disfrute también.
      Lo que antes era tedio y desesperación por no saber que hacer para disfrutar las lentas horas del día, ahora se convierten en una sucesión de obligaciones y rutinas que dejan poco tiempo para sentir la vida como si ésta fuera la mayor expresión de libertad. Trabajo, niños, compromisos ineludibles y el único tiempo del que dispone uno se utiliza sólo para descansar y comprobar que el ritmo con el que ocurren las cosas parece no querer dejarnos una "tregua" esperanzadora.
      Ante este panorama desalentador, la mejor arma con la que uno puede enfrentarse es con un tremendo entusiasmo y unas locas ganas de divertirse con lo que se hace a diario. Si uno se acerca a la unidad de intensivos, recordar que estamos ahí para ayudar a muchos a llevar los duros momentos de la mejor manera posible. Que se necesita bien poco para consolar a los que lo necesitan. Las terribles (adorables) horas que te desgastas con tu pequeño terremoto, no serán más que recuerdos imborrables que generarán la desconocida envidia en aquellos que no han disfrutado lo que significa vivir a diario con un regalo de pelo rizado. Y el resto del tiempo que queda. Pues me lo guardo para mi esposa y mis desvaríos diarios como el que se plasma aquí hoy.
      El domingo es mi treinta y un cumpleaños. Buen día para tomarse un helado en la avenida con mis niñas.
servido por sinsangre
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20 Marzo 2006
      El continuo debate interno entre la posibilidad de regreso a la coctelera o la permanencia perenne en el ostracismo comienza a traer sus consecuencias. Como aquella pequeña y entrañable criatura que dudaba entre su fidelidad a unos ideales convencionales o su caída a los infiernos de la codicia cotidiana he decidido alzar de nuevo las manos y reclamar como mío, de nuevo, mi Tesssoro virtual de la coctelera.
      Razones de mi vuelta. Muchas. Sobre todas ellas la necesidad de seguir plasmando los comentarios acerca de aquello que me rodea que, de otra forma, terminarían cayendo en el olvido, y desperdiciar esos pedacitos de vida que a cada uno de nosotros nos ha tocado disfrutar. El autómata gesto de analizar la sociedad actual, los continuos cambios a los que nos vemos aventurado en este siglo ya avanzado, hacen que termine volviendo a las andadas y reclamar un puesto en primera fila que, quizás, nunca debí haber abandonado.
      Sin embargo, este peregrinaje por el purgatorio no fue en vano. Los ladrillos de mi despedida se desprendían uno tras otro cada vez que recibía un comentario alentador, un correo oportuno o un recordatorio altruista. Soy facilón y mi cuota de vanidad rebosaba al ver que este primer semestre germinaba sin apenas echar un poco de abono y que las viejas y desconocidas amistades se mantenían pese a mi nula presencia fantasmagórica.
      El nuevo sinsangre vendrá con las pilas cargadas. Seguirá aspirando a todo y tendrá tras de sí un cúmulo de experiencias que facilitarán el futuro proyecto, haciéndolo más llevadero en aquellos momentos de debilidad con el que, cada cierto tiempo, nos vemos obligados a pelear y que en más de una ocasión nos hace tirar la toalla.
      Escribiré con menos frecuencia de la acostumbrada, pero no me quedaré en los burladeros reprimiendo las ganas de dar mis particulares puntos de vista sobre las decisiones de nuestros dirigentes, los impactantes acontecimientos que nos rodean o el extraordinario desarrollo de la pequeña de la casa. Muchas historias en el tintero que piden a gritos no quedar olvidadas en mis recuerdos.
      Vuelvo a sentarme frente a la pantalla. Vuelvo a agudizar los sentidos.
      Ya iba siendo hora.
servido por sinsangre
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6 Febrero 2006
      No voy a retrasar más la decisión. Cierro temporalmente este sitio y empiezo la búsqueda de la motivación. Veo que pasan los días y que, cada vez, dedico menos tiempo a este lugar, y la generación de nuevas ideas se vuelve más y más pesada, hasta el punto de convertirse en una obligación y no un disfrute mi presencia en la coctelera.
      Cada vez que entro veo el flujo constante de artículos, la interacción mutua entre todos y me siento incapaz de mantener el ritmo sin dejar de lado otras prioridades.
      No obstante, no dejaré de pasar regularmente y habitaré en estas páginas como una presencia más. Un fantasma sin alojamiento establecido, que leerá y comentará con frecuencia los artículos que me resulten interesantes, divertidos o emotivos. No desapareceré tan fácilmente.
      Mi correo sigue abierto. Ahí estaré e intentaré dar muestras de mi existencia. ¡Que no estoy enfermo ni me pasa nada raro! Simplemente, me quito la obligación de postear con regularidad y dedico más tiempo a otras cuestiones que me estoy perdiendo y no quiero hacerlo.
      ¿Volveré? Ya veremos.
      Gracias a todos y cada uno de los que me han seguido con cierta regularidad. Me he sentido muy alagado al no creer que lo que decía o pensaba podía interesar a nadie. Ahora me dedicaré a releer lo escrito y sonreiré por las muestras de rebeldía, inocencia, ingenuidad y optimismo que intenté regalar.
      Eso es todo. Comienza la hibernación.
servido por sinsangre
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